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Los tres mosqueteros de Alexandre Dumas

La primera vez fue en la universidad. Para ser más concreta, en el trayecto en tren y metro. Detestaba el edificio. Una antigua cárcel, de hormigón, con suelos gastados, escaleras resbaladizas y ventanas abatibles que apenas dejaban pasar la luz. El edificio me oprimía tanto que un día estuve a punto de desmayarme en la sala de reprografía del sótano. Hacía calor y había demasiada gente. Ciega, a punto de perder el conocimiento, logré subir las escaleras. Cuando conseguí sentarme, me metí la boca una bolsa entera de gominolas. Poco a poco regresó la luz.

Ahora sé que el edificio no tenía la culpa. Sé que el problema estaba dentro de mí porque tenía que pasar muchas horas en un sitio en el que no quería estar. Ahora sé permanecer en sitios en los que no me apetece estar si tengo algún interés. No me dejo vencer fácilmente. No siempre, al menos. Pero entonces tenía dieciocho años y la sensación de que estudiar esa carrera como la impartían era una pérdida de tiempo. No me equivocaba en la percepción, pero sí lo hice en la reacción. Debí quedarme y terminar aunque me hubiera costado la salud mental. Así madura el ser humano.

Para muchas personas los años de instituto y de universidad son los mejores de su vida. No para mí. En el instituto pasé muy buenos momentos pero también los peores. De la universidad solo quería salir corriendo. Y como no podía, me dedicaba a leer para evadirme. Los tres mosqueteros fue el libro de primero. Me entusiasmaba. Como d´Artagnan esperaba encontrar a mis tres mosqueteros. Como él, había perdido mi carta de recomendación. A diferencia de él, no encontré nada. Pero me consolaba con Athos, uno de mis personajes literarios favoritos. Me bebía su tormento. Esperaba con ansia esos momentos en los que ejerce de padre y de amigo. Fantaseaba con él. Athos me dio la vida aquel año. Ese “uno para todos y todos para uno” era uno de mis anhelos. A veces me pregunto si de haberlo conseguido seguiría siendo la persona que soy ahora. Otras si Alexandre Dumas alguna vez pensó que su folletín de aventureros llegaría a causar tanto drama. Las menos, si todo fue culpa mía.

Ya no tendré más amigos -dijo el joven-, ¡ay!, ni nada más que amargos recuerdos.
Y dejó caer su cabeza entre sus dos manos, mientras dos lágrimas corrían a lo largo de sus mejillas.
-Sois joven -respondió Athos-, y vuestros amargos recuerdos tienen tiempo de cambiarse en dulces recuerdos.