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Enésima crónica de un viaje a Japón (I)

Pequeño prefacio.

No soy cronista. Periodista quise ser hace tiempo pero no lo conseguí. Técnicamente lo que voy a escribir es una crónica, pero impensada. Mi deseo solo es el de expresar ideas y reflexionar sobre un viaje en el que, además de perder cosas, he sido muy feliz. Pero ante todo quiero que si hay que ponerle un adjetivo que sea el de efímero y no el de tratado categórico sobre la vida en el Japón. Quiero que sea sólo un momento y no historia.

AmanecerHay quien dice que el miedo ya no tiene sentido si se han olvidado los mecanismos que lo generaron. Por eso mientras retrasaba durante muchos años mi viaje a Japón tenía claro que me daba miedo volar pero no recordaba bien los porqués. Hasta que volví a subirme a un avión el 15 de Febrero.

Preferí dividir las catorce horas de viaje del modo más equitativo posible y volar desde Madrid a Helsinki en cuatro horas y desde la capital de Finlandia hasta el aeropuerto de Narita en algo menos de diez. Benzodiazepinas, tiempo estable y un avión que, a juzgar por mis conocimientos de aviación, no tenía mala pinta. Por dentro el Airbus A-321 no eran tan agradable pero la droga ya estaba haciendo su efecto. Estaba tranquila. Incluso animada. Hasta el despegue. Hay una canción que lo explica muy bien. Dice algo así como “todo volvió de repente”. Lo que se fue de un bandazo fue el efecto del ansiolítico.

Los aviones se agitan cuando están en el aire, algo que yo había olvidado. Por dentro están construidos con paneles que, cuando se pisan, se mueven y hacen ruido. También están llenos de personas que se van de vacaciones a la Ponia donde hace frío y vive el abuelito Yulupuki y que cacarean como gallinas. Otras se levantan, se mueven, casi corren. Incluso saltan. A veces hablan. “No te preocupes, mujer, que no va a pasar nada. Además todavía te quedan diez horas.” Todo bondad.

Al llegar al aeropuerto de Helsinki (que se desangraba en amarillo, como decía Lorca) me perdí. Cuando al fin llegué a la puerta de embarque sería quedarme corta hablar de ataque de pánico. Sophie fue mi primer ansiolítico. Una joven francesa, estudiante de neurología, que iba a Japón a formarse como neurocientífica. No paraba de decirme: “nada malo te va a pasar en ese avión, porque si te pasa a ti, me pasa a mí y no quiero que eso pase”. El segundo ansiolítico fue mi compañero de asiento. Joven finlandés. Creo que profesor de prestigio. Su mujer se quedaba en Finlandia. Se bebió cuatro cervezas Asahi y se quedó dormido unas horas, pero me enseñó a coger los palillos y a identificar todos los ruidos y movimientos del avión. Cada vez que me veía tensa, hablaba conmigo. A ambos les di mi correo electrónico por si querían que nos viéramos en Tokio. Ninguno de los dos me escribió. Pero está bien. Agradezco su compasión.

En el avión apagan las luces. Para acompañar a la noche del exterior. Para que el pasaje se relaje y pueda dormir algo. Pero llega un momento en el que amanece. Unas dos horas antes de llegar. La fotografía es del sol filtrado por una de las ventanas del avión. Fue mi primer momento de felicidad. Cuando aterrizamos me aplaudí.

KyotoDormí en el tren bala a Kioto con algo de vértigo. Me despertaba sobresaltada, veía edificios pasar, sonreía y volvía a caer. Esas tres horas de sueño lograron mantenerme en pie lo suficiente como para intentar seguir el plan que me había propuesto: el recorrido a pie por Gion. Pero fracasé y aprendí la primera lección del viaje: si no sabes leer japonés, como es mi caso cuando se trata de los caracteres más complejos, cualquier guía o recorrido que hayas encontrado en internet no te va a servir de nada. Porque si te pierdes no entenderás ninguna de las referencias que encuentres. O también es posible que yo fuera muy torpe.

Necesitaba comer, dormir y dejar de pasar frío. Pero los edificios me fascinaban. En una tienda de dulces me dieron a probar algo que creo que se llama ritsuami (que también puede ser el nombre de la tienda), que estaba delicioso. Allí hice mi primera compra. Al final entré en un restaurante en el que no recuerdo qué cené. A las ocho de la tarde estaba durmiendo.

Por cierto, lo de la grulla no fue algo espontáneo. Estaba allí porque le daban de comer.

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