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Ve y pon un centinela de Harper Lee

I.

(…) El señor Stone puso ayer en la iglesia un centinela. Debería haberme dado también uno a mí. Necesito un centinela para que me guíe y me diga lo que ve cada hora a la hora en punto. Necesito un centinela que me diga “esto es lo que dice fulano y esto es lo que quiere decir de verdad”, que trace una raya en medio y diga “aquí hay una justicia y aquí hay otra” y me haga entender la diferencia…

II.

-Es por el alcohol. Dime qué tienes dentro de esa cabecita.
– Un espacio en blanco, mi señor*-respondió débilmente.

*Cita de Noche de reyes, de Shakespeare.

III.

La isla de cada ser humano, Jean Louise, el centinela de cada uno, es su conciencia. Eso de la conciencia colectiva no existe.

IV.

Yo fui en tiempos una joven muy rara,
que sufría de tedio y a la mínima se desmayaba.

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Matar un ruiseñor de Harper Lee

Esta edición es del año 1961, cuando ganó el Pulitzer. Sus páginas están amarillentas y muchas esquinas dobladas y enderezadas de nuevo. Lo conseguí en casa de mi abuela hace muchos años. Tenía varios objetos en una caja grande y me espetó que si quería algo que lo cogiera porque iba a deshacerse de su contenido. En su mayoría eran libros y cintas de casete de su hijo fallecido. Arramplé con todo.

En su afán por deshacerse de todos los recuerdos, mi abuela se olvidó de revisar lo que me había llevado. No creo que haya leído un libro en su vida y, aunque de vez en cuando canta canciones de la guerra, no tengo claro que sepa manejar un radiocasete. Su ignorancia hizo que se perdiera la voz de su hijo grabada en una cinta virgen. Y quizá si hubiera leído (o siquiera hojeado) Matar un ruiseñor,yo no habría empezado esta entrada incapaz de deshacerme de mis recuerdos, sino hablando de lo mucho que me emociona la historia de Scout, Jem y Dill.

Harper Lee dijo en una ocasión que, tras publicar la novela, esperaba una muerte rápida a manos de la crítica y anhelaba un pequeño reconocimiento del público. Y que obtener tanto éxito le supo igual que esa muerte en muchos sentidos. Muchas cosas pequeñas forman un todo grande. Si alguien como yo ha conseguido emocionarse cincuenta años después, es fácil entender por qué esta mujer no quiere saber mucho del mundo ni ha vuelto a publicar otra novela.

Todos conocen la historia de Matar un ruiseñor a grandes rasgos. La narradora, una niña llamada Scout, vive con su padre, Atticus Finch, abogado, y con su hermano Jem en la Alabama de la Gran Depresión. Dill es el niño que regresa todos los veranos. Hay dos ejes sobre los que gira toda la novela, la defensa que hace Atticus de Tom Robinson, un negro acusado de violar y agredir a una joven blanca, y Boo Radley, el niño-adulto que vive encerrado en su casa después de agredir a su padre con unas tijeras y por el que los niños sienten una absoluta fascinación.

No quiero desvelar mucho más, pero sí mencionar tres pasajes que han conseguido que mis oídos se llenen de lágrimas: la actitud de Scout cuando hace frente a los linchadores que quieren acabar con la vida de Tom Robinson, el final que termina con la frase de Atticus: “la mayoría de las personas lo son (buenas), Scout, cuando por fin las ves” y el cabreo que pilla Dill cuando el juicio a Tom Robinson no sale como él espera:

-Cuando sea mayor, creo que seré payaso -dijo Dill.
Jem y yo nos paramos en seco.
-Sí, señor, payaso -repitió él-. En relación a la gente, no hay cosa alguna en el mundo que pueda hacer si no es reírme; por lo tanto, ingresaré en el circo y me reiré hasta volverme loco.
-Lo tomás al revés, Dill -advirtió Jem-. Los payasos son hombres tristes; es la gente la que se ríe de ellos.
-Bien, yo seré un payaso de una especie nueva. Me plantaré en mitad del círculo y me reiré de la gente. Mirad allá nada más -dijo señalando-. Todos ellos deberían ir montados en escobas. Tía Rachel ya la monta.