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Enésima crónica de un viaje a Japón (V)

Kofukuji Lo mejor del Kofukuji es su tesoro. Después de pasear con la boca abierta, esta vez sin llanto, y de alucinar con cómo tallaban la madera en la temprana Edad Media japonesa, compré tres postales: una de la escultura del príncipe Shotoku a la edad de dos años porque cuando la vi pensé que era un buda y no un noble, otra de Mekira Taishou, uno de los doce generales celestiales con cara de mala leche que intimidaban a los enemigos del budismo porque su escorzo es digno de cualquier clase de arte, y una tercera, algo más grande y en horizontal, de los ocho guardianes budistas, los Hachi Bushu. Aquí se puede leer mucho acerca de ellos, pero también me gustaría dejar constancia de sus nombres: Gobujyo (Ten), Shakara (Ryu), Yasha, Kendatsuba, Ashura, Karura, Kinnara y Magoraka. De Kofukuji sales pensando en estudiar arte japonés y fustigándote, una vez más, por ser tan ignorante.

Antes de marcharme a Inari mi intención era la de buscar dos estanques. Solo encontré uno. “Agua”, pensé, y me fui a comer a otra de las calles comerciales abovedadas típicas de Kansai. Elegí restaurante por la tortilla de arroz con salsa demiglace, pero antes escuché una canción por megafonía y me hice la tonta dando vueltas como una peonza.

Fushimi InariEl Fushimi Inari Taisha es otro complejo templario dedicado a Inari, deidad de la agricultura, la fertilidad y la riqueza. Los zorros son sus mensajeros. Su atractivo son las puertas sagradas, las torii, que serpentean por todo el recorrido por el monte (Inari también) hacia los santuarios y que fueron (y son) donadas por comerciantes y artesanos a cambio de riqueza y prosperidad. Todo el mundo se sabe la cantinela de que cuanto más arriba se sube, menos torii hay, así que no la voy a repetir, pero sí me gustaría aconsejarme que la próxima vez me detenga más en los pequeños santuarios. Sí, es posible que vuelva a hacer frío, que llueva y que me tiemblen las piernas por el esfuerzo, pero podré hacerlo. Solo tendré que recordar el camino.

Finari2Aquella noche sopló el viento en Kioto. Tanto que tiraba las bicicletas. Un servicial botones del hotel me indicó dónde encontrar una lavandería. Cuando llegué había tres personas. Una anciana japonesa y dos occidentales, madre e hijo con pelos en los huevos pegado a una Nintento DS. Probablemente estadounidenses pero no reconocí el acento. También había tres lavadoras y tres secadoras. Las primeras abajo, las segundas arriba. Solo estaban libres una y una. Como novata que soy, me equivoqué y puse el programa de secado en la lavadora. Intenté pararlo pero no pude. Los estadounidenses tampoco. La japonesa tampoco. Cuando terminaron me dejaron sola. De vez en cuando venía un chaval a poner su ropa a secar pero se marchaba enseguida. Fueron los cuarenta minutos más solitarios que pasé en Japón. Y se me quedaron los pies helados.

Kyoto (2) En Teramachi, de vuelta al júbilo y a la alegría, entré en una sala recreativa de esas tan animadas y repletas de máquinas con regalos que se sacan con pinzas poco potentes a por una figura de un anime. Hice el ridículo delante de dos estudiantes de instituto (¡las pinzas solo tienen dos movimientos!) con cien yenes y tuve que ir a cambiar. Al volver, seguían allí. Uno de ellos tenía la figura que yo quería. Le pregunté en “japonés” si lo que había dentro de la caja era el arma o el personaje de anime. Obviamente no me entendió. Se puso colorado. Me dijo que si lo quería me lo daba. (Jamás olvidaré ese “Hoshii?”) Le dije que no, que le pagaba. Se indignó. Si lo quieres te lo regalo (“gift”), me repitió. El amigo, el listo, el guapo, le dijo que me pidiera dinero. Se negó. Al final acepté el trato. Me dio la mano. Sudaba. Debe de ser cosa de los de Kioto. Sonrió. Yo también. “Sigue siendo íntegro”, le deseé. Fue el único momento en el que quise tener diecisiete años en Japón…

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