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Heike monogatari

El Cantar de Heike o Heike monogatari es la historia del final de una era, la denominada Heian (792-1185) en Japón. También es la historia de la rivalidad entre dos familias, los Heike y los Genji, por la lucha por el poder. Es también la narración de mil batallas sangrientas repletas de samurais-criados, de monjes guerreros y de emperadores-niños que se suicidan arrojándose al mar. Es una advertencia de lo que puede ocurrirle al hombre cuando se aleja de los preceptos del budismo. Es una epopeya, un cantar épico, un tratado religioso, uno poético y una elegía, todo al mismo tiempo. Es un escrito creado para ser cantado por los bonzos ciegos rodeado de repeticiones, genealogías, viajes en el tiempo, nostalgias del imperio chino y apuntes del apocalipsis.

Es imprescindible leer esta edición porque la introducción de Carlos Rubio es lo único que puede ayudarnos a encontrar un contexto a las 850 páginas. Además, también es traductor, lo que facilita la comprensión aun más. Es un texto cansino, denso, con muchos personajes con nombre, pero al mismo tiempo muy moderno. Si existe, aconsejaría la versión oral porque se compuso con ese fin. Los samurais cortan muchas cabezas a lo largo del Heike. A mí me impactaba tanto que yo me quedaba en la cabeza paseada como trofeo mientras el bonzo seguía con el emperador de China que viajó a aquella región y se entretuvo rezando en la orilla del mar. No es fácil, a veces me ha aburrido muchísimo, pero su valía literaria, histórica y cultural es innegable. Yo que soy aficionada a las series de televisión japonesas, entiendo ahora mucho mejor ciertos comportamientos que en su día me parecieron absurdos. En el Heike los hombres mojan las mangas de sus kimonos constantemente. Ocho siglos después lo siguen haciendo.

Todo ser humano posee un corazón. Y cada corazón posee una forma de pensar. El otro acierta y yo me equivoco, o bien yo acierto y el otro se equivoca. Según esta alternancia, nadie puede establecer ninguna regla ni lógica de lo que es bueno y malo. O bien los dos pueden acertar o bien equivocarse. Es como un círculo; no hay un fin. Por eso, cuando el otro se enfada, uno tiene que condenarse a sí mismo.*

*Fragmento citado en el Heike monogatari de La Constitución de los Diecisiete Artículos del príncipe Shoutoku (año 604).