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Matanzas en el Madrid republicano de Félix Schlayer

Matanzas en el Madrid republicano  Me hago muchas preguntas después de leer estas memorias de Félix Schlayer. La primera tiene que ver con su publicación: si el relato del cónsul de Noruega apareció en Alemania en 1938, ¿por qué en España no se publicó hasta el año 2005? Por un lado, todo el mundo sabe que después de la guerra civil en España hubo una dictadura y, por otro, el diplomático no se caracteriza precisamente por su simpatía por el bando republicano (y perdedor). Por tanto, ¿por qué en esos cuarenta años no se hizo uso de un instrumento propagandístico que podría haber sido eficaz? ¿Quizá porque de repente se recuperó el sentido común? ¿O porque el lugar en el que deja a los españoles no se correspondía con los ideales del franquismo?

La segunda pregunta es sobre mi reacción visceral ante el primer capítulo, titulado “Causas y telón de fondo de la guerra civil”. Félix Schlayer juzga a los españoles “como ciudadanos un tanto atrasados y a la vez bondadosos, dados a la cortesía y algo ingenuos” y da los siguientes motivos para explicar el estallido de la guerra:

¿Qué hacer -se preguntarán mis lectores- con un pueblo al que no hacer nada le parece más tentador que el bienestar alcanzado con el trabajo? Su ecuación bien parece ser ésta: vivir bien es igual a no hacer nada. Ésta era la atractiva consigna con que el comunismo seducía eficazmente a las masas incultas, llevándolas hacia la consecución de un sentimiento tan fanático como éste: “¡Arrebatad a los poderosos todo lo que tienen y así podréis ser tan gandules como ellos y vivir tan bien como ellos!”

¿Cómo es posible que una española atrasada e ingenua como yo siguiera leyendo lo que este señor tenía que decir cuando podría estar ganduleando? ¿Quizá por mi cortesía y por mi bondad innatas heredadas del primer antepasado español? ¿Por qué me irrita tanto la condescendencia de este hombre?

La tercera versa sobre el modo en el que Félix Schlayer se describe a sí mismo en sus “aventuras” por el Madrid republicano y cómo esa representación afecta a la credibilidad de todo el relato. Escribe en primera persona, estrategia que sirve para que los lectores se sientan inclinados a creer. Su alergia al comunismo no influye, salvo por el hecho de que indica que no pretende ser objetivo sino contar los hechos tal y como los vivió. Sí es significativo el papel de héroe que se otorga, que a mí en el fondo me hizo mucha gracia, y el ataque constante al gobierno republicano por su inactividad ante las acciones de las milicias comunistas, claro. La conclusión que obtengo de todo esto es que, afortunadamente, hay otras fuentes con las que contrastar lo que ocurrió en Paracuellos, porque después de lo leído, una española ingenua se pregunta cómo es posible que a este señor no lo tengamos en un altar después de cómo cuenta lo que hizo. Aclaro: yo no cuestiono en ningún momento los asesinatos a sangre fría, lo que me pregunto es si la armadura del héroe brillaba tanto como él cuenta.

Por último, quiero hablar de dos fragmentos del libro que me han puesto los pelos de punta. El primero es una conversación que Schlayer tuvo con Negrín acerca de la convivencia de las dos Españas después de la guerra:

[…] Contestó a mi pregunta con su habitual vivacidad, diciendo que esperaba milagros de la juventud de ambos lados: el destino de ésta era unirse e implantar una nueva España con más libertad y con un sentido de solidaridad y de asistencia mutua que hasta el momento había faltado. Desarrollaba extensamente y con gran elocuencia este tema de comunidad nacional, lo cual hizo que al final yo le preguntara, sonriendo, en qué se diferenciaba su programa del que Adolfo Hitler había realizado en Alemania.

Sonriendo yo también respondo: la diferencia estaba tan clara para una mente racional ya en el año 36 que no entiendo cómo Negrín no le echó a la calle.

El segundo escalofrío está en los pies de las fotografías incluidas. En una de ellas aparece un hombre trajeado agachado junto a un niño vestido con el uniforme republicano que sostiene un cartel en el que pone “no pasarán”. ¿Qué dice el pie? “Pero acabaron pasando…”

Qué vergüenza.