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En el país de los dioses de Lafcadio Hearn

En el país de los diosesComo indica el subtítulo, En el país de los dioses es una recopilación de artículos que Lafcadio Hearn escribió para distintos periódicos entre los años 1890 y 1904 sobre sus viajes por Japón. Están divididos en Recorridos, subió a la cima del monte Fuji a pie, por ejemplo, en Encuentros, en Observaciones, sobre la gruta de las ánimas infantiles, entre otras, y en Desahogos, con amigos, a los que les cuenta lo que de verdad piensa y que no deberían ensuciar lo que sintió.

El libro vino conmigo a Japón. En el hotel de Tokio lo coloqué debajo del kakemono de la habitación y allí se quedó hasta que me marché. Ni siquiera le soplé el polvo. Nadie lo tocó. Ahora, después de haberlo leído por segunda vez, me pregunto qué habría sentido si lo hubiera hecho. Por esto:

Todo el que describe las sensaciones de su primer día en Japón habla de este país como del reino de las hadas, y de sus habitantes como de los elfos. Sin embargo, esta unanimidad a la hora de elegir los términos para describir lo que casi no puede describirse con mayor precisión en el primer intento, obedece a una causa natural. (…) Un mundo en el que todo movimiento es lento y suave, y las voces son apagadas; un mundo en el que la tierra, la vida y el cielo son diferentes de todo lo que uno haya visto en otros lugares; es sin duda, para la imaginación alimentada por el folklore inglés, la materialización del viejo sueño de un mundo de los elfos.

Por la descripción de la primera vez ante el Buda de Kamakura:

No importa cuántas fotografías del coloso hayas visto ya: esta primera visión de la realidad deja estupefacto. (…) La dulzura, el desapasionamiento soñador de sus rasgos, el inmenso reposo de la figura toda, rebosan belleza y poder de fascinación. Y, en contra de toda expectativa, cuanto más te acercas al Buda gigante más fascinación produce. Miras el rostro de una solemne belleza, los ojos entrecerrados que parecen observarte desde sus párpados de bronce con la dulzura de los de un niño, y sientes que la imagen representa cuanto hay de tierno y reposado en el alma de Oriente.

Hay más. No sé si son apropiadas para inducir al viaje o solo para recordarlo, pero sus descripciones arrebatadas de su peregrinación a Enoshima son inigualables. Supongo que habrá otras que desconozco pero Hearn ha sido el único capaz de poner en palabras todo lo que yo sentí allí, incluso cuando los lugares que visitamos no hayan sido los mismos.

Sin duda, las impresiones que durante más tiempo vuelven a la memoria son las más transitorias: recordamos más instantes que minutos, más minutos que horas; (…) El anhelo por una única sonrisa es algo común a la naturaleza humana normal; pero el anhelo por la sonrisa de una población, por una sonrisa considerada como cualidad abstracta, es sin duda una rara sensación, una sensación que, imagino, solo puede obtenerse en esta tierra oriental cuya gente está siempre sonriendo, como sus propios dioses de piedra.

Creo que es el libro del que más fragmentos he seleccionado. Pero no los he puesto todos para que no se pierdan y para que esto no se haga excesivamente largo. Lafcadio Hearn murió en Tokio hace más de un siglo. Quería jubilarse en las Antillas. Pero en la misma carta en la que expresa ese deseo, tiene dudas y cambia de opinión. Con su otro deseo me gustaría terminar este texto.

Si no me vuelves a ver, estaré a la sombra de enormes árboles, en algún viejo cementerio budista, con seis tablillas de madera encima, inscritas con oraciones en una lengua extraña, y un monumento extrañamente tallado, que simboliza esos cinco elementos en los que se supone que nos disipamos.

El viaje

En el país de los diosesLlevo casi dos meses ausente. Porque no leo. Porque no puedo concentrarme más de dos minutos. Tengo la mente en otra parte. Me voy a Japón.

Tengo un ebook. Lo he llenado de libros gratuitos. Uno de viajes de Darwin. Galdós. El Príncipe. Muchos relatos de Dickens. De Mark Twain. La Eneida. Bastantes más. Voy por poco tiempo.

Antes de ayer, tumbada en la cama, pensé en El maestro de Go. Me lo llevo. Volveré a leerlo. Voy a ir a Kamakura, a presentar respetos. A compartir, a rogar, a hablar con una lápida. También me llevo En el país de los dioses. Para que Hearn me haga compañía. Para no sentirme estúpida.

Ir a Japón no es bajar al portal a abrir la puerta si no funciona el telefonillo. Es lo que yo quiera que sea. Como un chicle, por ejemplo. Lo voy a poder estirar, doblar, hacer globos con él, explotarlos, saborearlo e incluso tragármelo si quiero. Es la primera vez en mi vida adulta que tengo tanta libertad. Pero lo más importante no es la excitación por fingir ser otra persona en un país desconocido. Lo mejor es la posibilidad de ser yo misma.

Por primera vez voy a desear con libertad unos labios húmedos que se desprenden de una armónica. Y un cuello sudoroso con un lunar. Y varios más en hilera, debajo del ojo derecho. Y un ceño fruncido que sufre y una boca descomunal.

Por ejemplo.

Qué importante es el deseo.