Archivo de la etiqueta: Clásicos

Rebecca de Daphne du Maurier

En la cubierta posterior de esta edición, Stephen King dice: “Un libro que todo aspirante a escritor de éxito debería leer”. Yo habría eliminado lo del éxito. Creo que es una novela que todo el mundo debería leer, y en particular, los escritores. Por varias razones.

El personaje principal que narra en primera persona no tiene nombre propio. Es la señora De Winter, y antes de eso, señorita de compañía de una estadounidense. Todos los demás personajes tienen nombre, hasta el perro, Jasper. Ella es dócil, débil e indecisa. Es una sombra, la de la gran Rebecca, antigua esposa de su ahora marido y totalmente opuesta a ella. Pese a estar muerta, su presencia se intuye hasta en las mentes de los animales y en la savia de las plantas.

Solo hay otro elemento en la novela que puede hacer frente a Rebecca: la gran mansión inglesa, Manderley. De hecho, se podría considerar que las dos forman una unidad. Porque ambas se transformaron cuando convivieron juntas. Porque las dos son los únicos elementos vivos de la novela. Y porque las dos se alían contra la pobre señora De Winter, cuya única virtud es la capacidad de dejarse llevar por su imaginación y recrear situaciones que jamás ocurrirán (o que nunca han sucedido).

La estructura narrativa de Rebecca es brillante. Es un puzzle que la autora nos regala solucionado y cuyas piezas encajan por contraposición. Y para rematar, el gran truco narrativo del principio que es el final. Para que la famosa frase “Anoche soñé que volvía a Manderley” se repita eternamente.

Guardar

Anuncios

Todo Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle

-Va a soplar viento del Este, Watson.

-A mí no me lo parece, Holmes. Hace mucho calor.

-¡El bueno de Watson! Es usted lo único inalterable en una época en la que todo cambia. Pero, aun así, va a soplar viento del Este, un viento como nunca se ha visto soplar en Inglaterra. Será un viento frío y crudo, Watson, y puede que muchos de nosotros nos apaguemos bajo su soplo. Pero, con todo, es Dios quien envía el viento, y cuando amaine la tormenta, el sol brillará sobre una tierra más limpia, mejor y más fuerte. Arranque, Watson, que ya es hora de que nos pongamos en marcha…

Así termina El último saludo de Sherlock Holmes. Y como su nombre indica, es la última aventura del detective más famoso de todos los tiempos. Sin embargo, mi intención no es llenar unas cuantas líneas de tópicos porque ya lo hicieron otros en su momento. Tampoco voy a desgranar los casos uno por uno ni a elucubrar sobre la homosexualidad de Holmes y Watson o sobre la misoginia del primero. También lo han hecho otros. La verdad es que no se puede decir nada de las aventuras de Sherlock Holmes que no se haya dicho ya en el cine, en la televisión o en la misma literatura. Así que optaré por lo personal.

Anoche cuando Holmes le dijo a Watson aquello de “es usted lo único inalterable en una época en la que todo cambia” me emocioné porque es exactamente lo que sus aventuras han significado para mí en los últimos meses: lo que no cambia, la ausencia de incertidumbre. La rutina produce seguridad y para mi mente confusa leer a Conan Doyle antes de dormir ha sido el mejor relajante. En el epílogo, el autor espera que los casos de Sherlock Holmes sirvan para entretener al lector. Pero un escritor debería saber que en el momento en el que alguien lee lo que ha escrito, pierde todo el poder sobre el manuscrito. Por eso, en esta época de incertidumbre, la mente analítica y segura de Holmes es lo mejor que me podría haber pasado y así lo recordaré siempre.

En cuanto a la edición de Cátedra, es la mejor que encontré. Incluye Estudio en escarlata, El signo de los cuatro, Las aventuras de Sherlock Holmes, Las memorias de Sherlock Holmes, El sabueso de los Baskerville, El regreso de Sherlock Holmes, El valle del terror, El último saludo de Sherlock Holmes y El archivo de Sherlock Holmes. Además, introducción, notas, apéndices e índices de Jesús Urceloy. Es una joya.

El guardián entre el centeno de J. D. Salinger

Dicen que es la novela que mejor retrata lo que siente un adolescente. No estoy en condiciones de discutirlo pero sí puedo matizar algo: mi yo adolescente no se parecía en nada a Holden Caulfield, su protagonista, salvo en que yo también fumaba. Obviamente no puedo tomar una parte por el todo, pero si hago memoria no logro encontrar a ningún Holden en mi entorno. Es más, ahora en la supuesta madurez sí que podría nombrar a un clon, tan exacto que creo que si leyera la novela se quedaría pasmado.

Me irrita la condescendencia con la que se trata a El guardián entre el centeno. Lo que cuenta no tiene importancia porque el joven un día se despierta siendo adulto y toda la rebeldía, todas las dudas y toda la desidia han desaparecido de repente, ¿no es así? No. ¿No? Hay una época de transición. Incluso en la madurez sigues teniendo muchas más dudas que en la juventud. ¿De verdad? De verdad… Echa un vistazo. Que un adulto haga lo que tiene que hacer no significa que esté haciendo lo que quiere hacer. Su problema es que ya no puede escapar, pero las dudas siguen ahí y creo que para siempre. Utilicen el lenguaje que utilicen.

Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno…

Alguien me dijo una vez que ya está todo escrito. Por eso busco todas las respuestas en los libros. Desde que leí esta novela hace seis años, este párrafo ha sido la respuesta a mi pregunta de qué estoy haciendo con mi vida… “Yo sería el guardián entre el centeno…”