James Ellroy

Escrito el 18 de Octubre de 2008

Pocos días antes del día de San Juan de 1958, Jean Ellroy, de nombre completo Geneva Hilliker Ellroy, apareció asesinada en una cuneta del condado de El Monte, en Los Ángeles. Las perlas de su collar estaban desperdigadas por todo el terreno pero no había más pistas. La causa de la muerte oficial fue asfixia por una media de nailon y una cuerda de persiana. Tenía el vestido por encima de las rodillas y el sujetador subido. No presentaba más signos de violencia.

Después de varios años de investigación, la policía de Los Ángeles no llegó a ninguna conclusión clara. Sin embargo, la pelirroja Geneva dejaba un hijo de diez años, James, y un ex-marido, llamado Armand, contable en paro, soñador y lo que hoy llamaríamos un vago en toda regla, a cargo del niño.

El padre le regaló al niño una perra llamada Minna. James leía muchas novelas policíacas de la época y veía muchos programas de televisión de crímenes. Comían basura. Eran pobres. James empezó a robar y a obsesionarse con La Dalia Negra. En el instituto era un provocador nazi y fascista. Bebía alcohol y se dedicaba a entrar en las casas de las jóvenes ricas para buscar “algo” y oler su ropa interior. Intentó ingresar en el ejército pero supo que no encajaría y montó un numerito del “chico-tartamudo-perturbado” para que le licenciaran. Mientras, su padre sufrió varias apoplejías y murió. El dinero del seguro de Geneva no daba para mucho más. James empezó a drogarse. Primero con drogas caras y luego con jarabes para la tos e inhaladores para constipados. Seguía bebiendo. Vivía la mayor parte del tiempo en la calle, de prestado en casas de amigos, en cárceles y en hospitales. Sufrió una neumonía grave. Casi a los treinta años, producto del alcohol, tuvo un apagón mental. Lo que más miedo le dio fue la posibilidad de que su mente le fallara y volverse loco. Dejó las drogas y el alcohol. Solo fumaba marihuana. Trabajó de caddy. Ingresó en Alcohólicos Anónimos pero lo dejó porque a falta de alcohol, un polvo siempre era bueno. Empezó a acercarse a las mujeres de varias formas. Después de escribir sus primeras novelas y de cosechar sus primeros éxitos, encontró a la mujer que “Dios le tenía reservada”.

Yo… le admiro. James Ellroy es, posiblemente, el escritor con el que más disfruto. Es el único con el que consigo desconectar totalmente del mundo que me rodea con una sonrisa en la cara. Es absorbente. Su obsesión es contagiosa. Su honestidad es brutal pero gris brillante. Nadie es demasiado bueno ni demasiado malo en sus libros. Cada vez que leo algo suyo tengo la sensación de que durante mucho tiempo ha sido un recipiente en el que ha ido metiendo datos, datos y datos, para luego convertirlos en historias. Me gusta tanto que no puedo evitar escribir con frases cortas cada vez que pienso en él. Es su estilo. Lo llaman telegráfico pero a mí me parece más automático. Creo que por eso me gusta tanto. Porque dispara directamente. Su prosa es como fuegos artificiales. A veces me pierdo entre los nombres pero me maravillo de que sea capaz de crear tanto. Nunca deja nada al azar. Es meticuloso. A veces tierno. Sus diálogos son los mejores que he leído nunca en una novela. Nunca me canso de él. Le retomo cada cierto tiempo y siempre que lo hago tengo ganas de decirle al mundo que lea a Ellroy. Para mí es un maestro.

De sus obsesiones prefiero que os hable él a través de sus palabras. Leáis lo que leáis, dejad siempre para el final Mis rincones oscuros. Si lo hacéis al principio, quizá pierda el encanto, aunque a mí me parece de sus mejores libros (que no novelas). Olvidaos de las películas, excepto de L.A. Confidential. La historia que he contado es real, pero es mucho mejor leerla de su tinta…

Una vulgar noche de sábado acabó contigo. Moriste de manera estúpida y violenta, y no tuviste los medios para defender tu vida.

Tu huida a la seguridad fue un breve respiro. Me llevaste a tu escondite como un amuleto de la buena suerte. Te fallé como talismán; por eso, ahora me presento como tu testigo.

Tu muerte define mi vida. Quiero encontrar el amor que nunca tuvimos y explicarlo en tu nombre.

Quiero hacer públicos tus secretos. Quiero borrar la distancia que nos separa.

Quiero darte aliento

Primera página de Mis rincones oscuros. El periódico del 58 aquí.

Diario de un seductor de Sören Kierkegaard

Lo compré porque un fragmento en otro libro me llamó la atención. Leí la introducción de Jorge del Palacio Martín en un viaje en tren a Madrid y dejé el resto para mejor ocasión. Ayer cerré sus tapas con sensación de cabreo.

Cabreo porque no he sido capaz de contextualizar el texto. A pesar de que Kierkegaard narra simplemente la historia de cómo Juan seduce a Cordelia para después abandonarla en cuanto consigue lo que quiere, no puede desligarse de su condición de filósofo y la red con la que el seductor envuelve a la inocente Cordelia es la misma que utiliza para hacer una crítica sutil a las personas que son incapaces de ir más allá de la fase de la estética.

Sin embargo, la condición de humanista y de individualista del filósofo parece que solo se aplica al hombre. Y precisamente ahí es donde me pierden las emociones. Por dos razones. La primera, porque mientras leía lo poco que Cordelia se entera de la manipulación a la que es sometida, tenía que asentir como una tonta al verme reflejada. La segunda porque me cuesta mucho creer que ella no percibiera nunca esa manipulación. Y soy consciente de la paradoja de las dos emociones.

Quizá la intención de Kierkegaard era precisamente esa: llevar al lector más allá de la estética, incluso de las palabras, presentando a un Don Juan despreciable y misógino y a una Cordelia cuyo segundo nombre tendría que haber sido florero.

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