El arte de no amargarse la vida de Rafael Santandreu

La idea que plantea este libro es la siguiente: nada de lo que nos sucede en la vida es tan terrible como para provocarnos estados de ansiedad y de depresión. Un despido y una separación son cosas malas, pero no terribles. Lo mismo ocurre con una enfermedad. Incluso asegura que la aceptación de la muerte como parte de la vida nos ayuda a ser más felices.

A través de la terapia cognitiva, Rafael Santandreu plantea que el ser humano necesita muy poco para ser feliz, comer y dormir, y que el resto de necesidades son inventadas y, valga la redundancia, innecesarias. El objetivo último es alcanzar esa felicidad a través de un estado emocional fuerte alérgico a lo irracional y a lo supersticioso.

Sus consejos son buenos. Pero él mismo reconoce que este cambio implica tener la mente muy abierta, que no es cosa de un día y que requiere que un día sí y otro también se trabaje. Y lo que yo considero más importante: que muchas personas se bloquean en este tipo de terapias cuando los deberes se centran en eliminar creencias muy arraigadas. Por ejemplo, Santandreu sostiene que no hay que enfrentarse a los miedos para superarlos sino que lo más efectivo es combatirlos en la raíz: la idea irracional que los ha creado. ¿Pero cuál es esa raíz en una persona con muchos miedos? Él dice que solo hay una y que los demás son ramificaciones. ¿Y si el principal miedo de alguien es dejar de ser quien es si abandona todos sus miedos? Obviamente esta idea es irracional y de ella surgen todos los demás problemas, pero se ha convertido en algo tan difícil de cambiar como el color de los ojos.

Otro ejemplo es el del tratamiento que recibimos de los demás y el que damos nosotros. La base está en la idea de tratar a todos de forma igualitaria en las relaciones personales y, si nos hieren, utilizar la condescendencia con ellos convenciéndonos de que tienen una carencia que les lleva a actuar así pero que eso no los convierte en malas personas. Solo en discapacitados emocionales. ¡Jesús, qué bondad!

¿Conclusión? Difícil. Él no dice que sea fácil, ni mucho menos, pero a mí me gustaría meterme en las mentes de los lectores de este libro para saber qué es lo que rechazan y lo que aceptan de él. Solo para comprobar si su rechazo se debe a las mismas causas que el mío: ¿si cambio esto seguiré siendo yo o me convertiré en una ameba?

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My story de Marilyn Monroe

 -Es muy extraño. En toda tu actuación en esta escena he ido recibiendo vibraciones sexuales de ti. Como si fueras una mujer atrapada por la pasión. Me paré porque pensé que debías estar sexualmente demasiado perturbada como para seguir.

Empecé a llorar. No prestó ninguna atención a mis lágrimas, sino que siguió decididamente:

-Comprendo tu problema con el estudio ahora, Marilyn, y también comprendo al estudio. Eres una mujer que emite vibraciones sexuales, no importa lo que estés haciendo o pensando. El mundo entero ya ha respondido a estas vibraciones. Salen de la pantalla cuando tú apareces. Y a los jefes de tu estudio les interesan solo tus vibraciones sexuales. No les importas nada como actriz. Puedes ganar una fortuna con sólo vibrar ante la cámara. Ahora veo por qué rechazan verte como una actriz. Les resultas más valiosa como estimulante sexual. Y todo cuanto quieren de ti es sacar dinero fotografiando tus vibraciones eróticas. Puedo comprender sus razones y sus planes.

Michael Chejov me sonrió.

-Puedes conseguir una fortuna con sólo plantarte o moverte frente a las cámaras, casi sin actuar-dijo Michael.

-No es lo que quiero- le dije.

-¿Por qué no?- me preguntó afectuosamente.

-Porque quiero ser una artista -le respondí-, no una rareza erótica. No quiero que me vendan al público como un afrodisíaco del celuloide. Que me miren y empiecen a agitarse. Estaba bien en los primeros años. Pero ahora es distinto.

Mi interés por Marilyn Monroe despertó mientras veía un documental en televisión. Era tarde y yo me encontraba en ese estado de duermevela en el que curiosamente todos los estímulos se graban en la memoria para siempre. El locutor decía que Marilyn en sus últimos años se había cansado de ser un objeto sexual y que sus grandes esfuerzos por convertirse en actriz empezaron a dar sus frutos cuando falleció. Y que siempre se había sentido muy sola.

Mientras escribo esto recuerdo una Nochevieja en mi antigua casa, sola, a las tres de la mañana viendo El príncipe y la corista. Entonces mi percepción de Marilyn Monroe cambió. Después del documental lo volvió a hacer. Mis ojos se achican en gesto de ternura cuando la veo, como me ocurre con Vivien Leigh y con Audrey Hepburn. Es ese gesto íntimo entre dos personas provocado por la empatía, aunque en este caso solo unilateral.

My story no es un libro escrito por Marilyn. Ella le contó sus vivencias al guionista Ben Hecht y éste, como buen compositor de palabras, le dio forma. Para mí supone el tercer cambio de percepción de Marilyn. Solo abarca hasta su luna de miel con Joe DiMaggio y su visita a las tropas estadounidenses en Corea, pero en él demuestra ser algo más que una rubia exuberante e injuriada por la crítica: observadora, intuitiva, perspicaz, crítica y muy inteligente.

La clave del enigma sagrado de Henry Lincoln

Mi interés por estos temas no surgió después de El código Da Vinci, sino tras jugar a una gran aventura gráfica: Gabriel Knight 3. En mi ignorancia pensé que la idea original era de Jane Jensen, pero varios libros, entre ellos El enigma sagrado, me demostraron que no.

Salvo excepciones de las que hablaré aquí más adelante (unas por extravagantes y otras por válidas), el noventa por ciento de este tipo de libros asegura con rotundidad que el santo grial del medievo es en realidad la sangre real de la unión entre Jesús y María Magdalena. Ésta emigró a Francia embarazada y los descendientes de sus hijos (nunca me ha quedado claro si uno o varios) con el paso de los siglos formaron la dinastía merovingia francesa.

Algunos aderezan esta idea con un vínculo templario, otros añaden la masonería y muchos las dos cosas a la vez. Los más osados aseguran que María, descendiente de la tribu de Benjamín, participó en una treta dinástica de ciertos sacerdotes para dar a luz al heredero del trono del rey David y los más surrealistas mezclan todo para echar leña al tema de las conspiraciones mundiales. Y, por supuesto, todo sin contar con una fuente histórica fiable. Porque no existe. Las supuestas alusiones a Jesús en ciertas fuentes romanas y en las Antigüedades judías de Flavio Josefo fueron introducidas a posteriori por la iglesia católica. Sin embargo, yo disfruté bastante con esos libros. Para mí eran como novelas históricas con ciertas licencias. Como no había pruebas, cualquier teoría podía ser posible.

En La clave del enigma sagrado Henry Lincoln no cuenta nada. Recuerda sus momentos en la investigación del misterio de Rennes-le Château (donde supuestamente está la tumba de Jesús) y se desdice de todo lo que sostuvo con tanta seguridad en sus libros para sustituirlo por la certeza de que los medievales construían con tal precisión geométrica que hoy en día solo podría hacerse con tecnologías tipo GPS. Y se queda tan tranquilo.

Que este libro sirva como ejemplo de la cantidad de mentiras pseudohistóricas que se publican sin ningún pudor y de la dignidad en la que se plantan este tipo de autores cuando fueron ellos mismos los que distribuyeron esas mentiras (inducidos por fuerzas misteriosas y también mentirosas) o no.

 

 

1Q84 (1 y 2) de Haruki Murakami

Esta será la primera y la última vez que Murakami aparezca en este blog de sensaciones (qué cursi). Recuerdo que Tokyo Blues me dejó llena de dudas. Quizá mi mente no budista y occidental no pueda llegar a entender el culto al suicidio y, por tanto, su aceptación como parte de la vida. Al menos, en la sociedad moderna.

Kafka en la orilla me satisfizo mucho más. El señor Nagata y su compañero camionero. Los gatos. El chaval y sus obsesiones. El realismo mágico moderno. Por eso pensé que Murakami había cambiado el enfoque y que 1Q84 seguiría el mismo camino. Pero me equivoqué.

Las dos primeras partes de 1Q84 siguen el mismo patrón de historias paralelas y de realismo mágico que casi roza la ciencia ficción (aunque me niego a catalogar la novela dentro de esa categoría). Pero a los personajes les falta el carisma que tienen los de Kafka en la orilla. Y si a eso le añadimos la cantidad de paja de sus casi 750 páginas, el resultado es que me importa muy poco cómo acaba, si es que lo hace, la historia.

Por eso no leeré la tercera parte y por eso no creo que vuelva a leer una novela de Murakami. Le admiro por su ingenio en Kafka en la orilla pero el resto me deja fría. ¿Y por qué habría de seguir insistiendo cuando hay muchos libros más cálidos esperándome?

Guía para viajeros inocentes de Mark Twain

El 8 de Junio de 1867 zarpó del puerto de Nueva York un vapor llamado Quaker City con destino a Tierra Santa, Egipto, Crimea, Grecia y lugares de interés intermedios. Entre ellos, las Azores, Gibraltar, un refilón de España, Marsella y gran parte de Italia. Mark Twain iba a bordo. Sus crónicas como corresponsal del diario Alta California se recopilaron a su vuelta en este libro que en inglés tiene un título mucho más sugerente: The Innocents Abroad.

No es una guía, como indica el título en español, sino un relato de un viaje de doce meses por los restos de las civilizaciones más antiguas. Y lo escribe un Mark Twain que todavía no había escrito nada de Tom Sawyer. Y a pesar de que su ironía, su gran sentido del humor y su exhaustiva descripción de ciertos personajes (y perros) es admirable, la sensación que me produjo no se relaciona con nada de eso, sino con la seriedad de estas palabras…

Damasco ha visto todo lo que ha ocurrido en el mundo, y aún sigue viva. Ha contemplado los huesos secos de mil imperios, y verá las tumbas de mil más antes de que le toque morir. Aunque otra reclame el nombre, la vieja Damasco es, por derecho propio, la Ciudad Eterna.

Y más de un siglo después, siempre que aumentan los muertos en Siria me acuerdo de estas palabras…

James Ellroy

Escrito el 18 de Octubre de 2008

Pocos días antes del día de San Juan de 1958, Jean Ellroy, de nombre completo Geneva Hilliker Ellroy, apareció asesinada en una cuneta del condado de El Monte, en Los Ángeles. Las perlas de su collar estaban desperdigadas por todo el terreno pero no había más pistas. La causa de la muerte oficial fue asfixia por una media de nailon y una cuerda de persiana. Tenía el vestido por encima de las rodillas y el sujetador subido. No presentaba más signos de violencia.

Después de varios años de investigación, la policía de Los Ángeles no llegó a ninguna conclusión clara. Sin embargo, la pelirroja Geneva dejaba un hijo de diez años, James, y un ex-marido, llamado Armand, contable en paro, soñador y lo que hoy llamaríamos un vago en toda regla, a cargo del niño.

El padre le regaló al niño una perra llamada Minna. James leía muchas novelas policíacas de la época y veía muchos programas de televisión de crímenes. Comían basura. Eran pobres. James empezó a robar y a obsesionarse con La Dalia Negra. En el instituto era un provocador nazi y fascista. Bebía alcohol y se dedicaba a entrar en las casas de las jóvenes ricas para buscar “algo” y oler su ropa interior. Intentó ingresar en el ejército pero supo que no encajaría y montó un numerito del “chico-tartamudo-perturbado” para que le licenciaran. Mientras, su padre sufrió varias apoplejías y murió. El dinero del seguro de Geneva no daba para mucho más. James empezó a drogarse. Primero con drogas caras y luego con jarabes para la tos e inhaladores para constipados. Seguía bebiendo. Vivía la mayor parte del tiempo en la calle, de prestado en casas de amigos, en cárceles y en hospitales. Sufrió una neumonía grave. Casi a los treinta años, producto del alcohol, tuvo un apagón mental. Lo que más miedo le dio fue la posibilidad de que su mente le fallara y volverse loco. Dejó las drogas y el alcohol. Solo fumaba marihuana. Trabajó de caddy. Ingresó en Alcohólicos Anónimos pero lo dejó porque a falta de alcohol, un polvo siempre era bueno. Empezó a acercarse a las mujeres de varias formas. Después de escribir sus primeras novelas y de cosechar sus primeros éxitos, encontró a la mujer que “Dios le tenía reservada”.

Yo… le admiro. James Ellroy es, posiblemente, el escritor con el que más disfruto. Es el único con el que consigo desconectar totalmente del mundo que me rodea con una sonrisa en la cara. Es absorbente. Su obsesión es contagiosa. Su honestidad es brutal pero gris brillante. Nadie es demasiado bueno ni demasiado malo en sus libros. Cada vez que leo algo suyo tengo la sensación de que durante mucho tiempo ha sido un recipiente en el que ha ido metiendo datos, datos y datos, para luego convertirlos en historias. Me gusta tanto que no puedo evitar escribir con frases cortas cada vez que pienso en él. Es su estilo. Lo llaman telegráfico pero a mí me parece más automático. Creo que por eso me gusta tanto. Porque dispara directamente. Su prosa es como fuegos artificiales. A veces me pierdo entre los nombres pero me maravillo de que sea capaz de crear tanto. Nunca deja nada al azar. Es meticuloso. A veces tierno. Sus diálogos son los mejores que he leído nunca en una novela. Nunca me canso de él. Le retomo cada cierto tiempo y siempre que lo hago tengo ganas de decirle al mundo que lea a Ellroy. Para mí es un maestro.

De sus obsesiones prefiero que os hable él a través de sus palabras. Leáis lo que leáis, dejad siempre para el final Mis rincones oscuros. Si lo hacéis al principio, quizá pierda el encanto, aunque a mí me parece de sus mejores libros (que no novelas). Olvidaos de las películas, excepto de L.A. Confidential. La historia que he contado es real, pero es mucho mejor leerla de su tinta…

Una vulgar noche de sábado acabó contigo. Moriste de manera estúpida y violenta, y no tuviste los medios para defender tu vida.

Tu huida a la seguridad fue un breve respiro. Me llevaste a tu escondite como un amuleto de la buena suerte. Te fallé como talismán; por eso, ahora me presento como tu testigo.

Tu muerte define mi vida. Quiero encontrar el amor que nunca tuvimos y explicarlo en tu nombre.

Quiero hacer públicos tus secretos. Quiero borrar la distancia que nos separa.

Quiero darte aliento

Primera página de Mis rincones oscuros. El periódico del 58 aquí.

Diario de un seductor de Sören Kierkegaard

Lo compré porque un fragmento en otro libro me llamó la atención. Leí la introducción de Jorge del Palacio Martín en un viaje en tren a Madrid y dejé el resto para mejor ocasión. Ayer cerré sus tapas con sensación de cabreo.

Cabreo porque no he sido capaz de contextualizar el texto. A pesar de que Kierkegaard narra simplemente la historia de cómo Juan seduce a Cordelia para después abandonarla en cuanto consigue lo que quiere, no puede desligarse de su condición de filósofo y la red con la que el seductor envuelve a la inocente Cordelia es la misma que utiliza para hacer una crítica sutil a las personas que son incapaces de ir más allá de la fase de la estética.

Sin embargo, la condición de humanista y de individualista del filósofo parece que solo se aplica al hombre. Y precisamente ahí es donde me pierden las emociones. Por dos razones. La primera, porque mientras leía lo poco que Cordelia se entera de la manipulación a la que es sometida, tenía que asentir como una tonta al verme reflejada. La segunda porque me cuesta mucho creer que ella no percibiera nunca esa manipulación. Y soy consciente de la paradoja de las dos emociones.

Quizá la intención de Kierkegaard era precisamente esa: llevar al lector más allá de la estética, incluso de las palabras, presentando a un Don Juan despreciable y misógino y a una Cordelia cuyo segundo nombre tendría que haber sido florero.

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