The Rose that Grew from Concrete de Tupac Amaru Shakur

Ha pasado media hora y el espacio sigue en blanco. Está la imagen, sí, y esa caída de ojos con largas pestañas. Pero las ideas pululan demasiado. ¿Por dónde empiezo? Por su vida, no. No es relevante. Además los poemas fueron escritos antes de convertirse en personaje público. Todo lo que pasó después no tiene importancia.

¿Por el tema racial y político? Tampoco. No he reflexionado lo suficiente sobre este asunto. No sabría cómo enfocarlo. Y tampoco es importante. ¿Entonces? ¿Por qué compraste este libro? Porque me gusta exprimir lo que me llama la atención. Su música me atrae. Lo que dice me hace sentir bien. No todo, claro, pero tenía ese “algo más”.

Por eso compré sus poemas. Y comprobé que esos ojos no mentían y que, pese a la inmadurez, a la inocencia casi insoportable y a algunas dedicatorias cursis, hay “algo más”; un algo más que quizá se perdió tras su muerte o quizá mucho antes.

The Rose that Grew from Concrete

Did u hear about the rose that grew from a crack
in the concrete
Proving nature´s laws wrong it learned 2 walk
without having feet
Funny it seems but by keeping its dreams
it learned to 2 breathe fresh air
Long live the rose that grew from concrete
when no one else even cared!

Traducción:

La rosa que creció en el cemento
¿Has oído hablar de la rosa que creció en una grieta del cemento?
Demostrando que la naturaleza se equivoca aprendió a caminar sin tener pies.
Suena a broma pero conservando sus sueños aprendió a respirar aire fresco.
¡Larga vida a la rosa que creció en el cemento cuando a nadie más le importaba!

Necrópolis de Boris Pahor

La mayoría de los testimonios del holocausto judío que he leído (no muchos porque la gran parte están todavía sin traducir), suelen ser ligeramente optimistas. Obviamente los muertos en los campos no pueden escribir sus recuerdos, así que son los supervivientes los encargados de dar el mensaje: yo sobreviví, os cuento todos los horrores, sí, pero sigo vivo.

Boris Pahor es diferente. Nacido en Trieste hace casi cien años (¡sigue vivo!), después de unirse al frente yugoslavo de liberación, fue detenido y encerrado en el campo de concentración de Natzweiler-Struthof. Allí regresa a mediados de los sesenta para contrastar sus recuerdos rodeado de turistas…

Noto que dentro de mí ha despertado una especie de rebelión incomprensible, una rebelión contra el hecho de que este lugar montañoso que forma parte de nuestro mundo interior ahora esté abierto y desnudo. Y a esta rebelión se unen también los celos: no sólo porque los ojos ajenos de los turistas se paseen por el ambiente que fue testigo de nuestra anónima cautividad, sino también porque sus miradas (y de eso estoy completamente seguro) nunca podrán penetrar en el abismo del mal con que fue castigada nuestra fe en la dignidad humana y en la libertad de nuestras decisiones personales.

Cuando dice “nuestro mundo” no se refiere al suyo y al nuestro, sino al suyo y al de los otros, sus compañeros. Para Pahor, existían (¿y siguen existiendo?) varios planos de la realidad, uno, el de los campos y el de la escalera infernal, y después, todo el resto imaginable. No pueden tocarse ni comunicarse. Y por tanto no se entienden. A veces se superponen, una pareja se abraza y se besa en las escaleras, y Pahor reflexiona:

Porque en nosotros se había establecido un final apocalíptico en la dimensión de la nada, mientras que estos dos se hallan en la dimensión del amor, que también es infinita y también dispone de los objetos de manera incomprensible, excluyéndolos o glorificándolos.

He mencionado las escaleras pero no me atrevo a hablar de ellas porque al releer a Pahor, siento que me va a regañar por hablar de algo que no podré entender jamás. Así que opto por callar. Espero que sus palabras, más que las mías, puedan mostrar por qué su testimonio es tan diferente. Por si acaso, un botón más…

[…] Y no me muevo porque no sé cómo reunir a los representantes de los oscuros barracones delante de los seres jóvenes que son los retoños de una estirpe humana inmortal. No sé cómo colocar la ceniza y los huesos humillados delante de ellos. No tengo suficiente fuerza y ni siquiera puedo imaginarme cómo mis fantasmas podrán encontrar las palabras adecuadas para confesarse delante del coro infantil que ahora baila en medio de las tiendas de campaña, o delante de aquella niña pequeña que ayer daba vueltas alrededor del alambre de la chimenea, como llevada por un tiovivo invisible.

Plantas medicinales de Pío Font Quer

Hubo un tiempo en el que pensé en dejarlo todo y echarme a la tierra. No para recorrer los caminos como un ermitaño con bastón para soportar los dolores de mi espalda torcida, sino para convivir con gentes cansadas de los abusos de la vida moderna “en plena conjunción con la naturaleza”.

Antes de embarcarme en semejante aventura, decidí ponerme a prueba y descubrí que la mezquindad humana es igual de nítida en una ciudad superpoblada que en una casa de campo repleta de paneles solares, aguas de los arroyos y queso natural de cabra.

De todas formas, mi intención era buena. Mi única preparación consistió en hacerme con este libro de Pío Font Quer, que pesa alrededor de una tonelada y cuyo manejo es todo menos fácil. A mi regreso me senté en un banco a tres metros de mi casa, abrí mi maleta de plástico y saqué esta enciclopedia. El señor Font Quer es uno de los botánicos españoles más importantes (de hecho, recibe honores con el epíteto fontqueri cuando se descubre alguna nueva especie). El subtítulo de “El Dioscórides renovado” lo añadió en homenaje a la obra de Dioscórides, De materia medica, revisada en el Renacimiento.

Abrí el libro por la mitad y me encontré con el culantro, esa planta medicinal tan literaria…

[…] Si se desea, puede aumentarse la dosis porque los efectos tóxicos sobrevienen con dosis superiores a tres onzas. Pero no conviene abusar porque, como enseña el refrán castellano,

Bueno es el culantro, pero no tanto.

Y lo cerré. No suelo abrirlo mucho, pero sí de vez en cuando, para curiosear. Como ahora…

Su uso (el de la adormidera), en forma de opio queda absolutamente reservado a los médicos, por ser un producto altamente tóxico: lo mismo cabe decir de la morfina y de todos los productos derivados de aquél.

Crónicas ibéricas de David Fernández de Castro

Casi nadie se acuerda ya de George Borrow, pero a mediados del siglo XIX, en pleno Romanticismo y en una España metida hasta el cuello en las guerras carlistas, los del pueblo llano y no tan liso solían llamarle “Jorgito el Inglés”*.

Llegó a España desde Portugal como agente de la Sociedad Bíblica con base en Londres y con la intención de vender todos los libros sagrados protestantes que pudiera. Como comercial no tuvo mucho éxito pero su paso por este país, experiencia que trasladó a varios libros, sirvió (y sirve) a muchos artistas de inspiración para sus obras. El más importante, La Biblia en España, fue traducido por Manuel Azaña. El más curioso, la traducción del Evangelio de San Lucas al caló, dialecto gitano, demostró su fascinación por este pueblo, sensación que se mantuvo en The Zingali, también dedicado a los gitanos.

Me gustan los relato-crucero porque logran despertar mi entusiasmo lo suficiente como para viajar de un libro a otro hasta llegar a la fuente original. David Fernández de Castro siguió los pasos de Borrow por España de norte a sur. Queda poco ya de la España del vendedor de biblias. Y pese a que los huecos están rellenos de chascarrillos históricos, anécdotas actuales y mucho cariño hacia sus anfitriones, el conjunto sirve como mapa: George Borrow es el tesoro y todos los libros que se han escrito sobre él los pasos para llegar hasta él.

*En el libro, Jorgito está escrito Jorjito. Creo que es incorrecto y por eso lo he cambiado.

Memorias de una viuda de Joyce Carol Oates

 […] Y durante cuarenta y siete años y veinticinco días estuvimos juntos prácticamente cada día y cada noche hasta la mañana del 11 de febrero de 2008…

…cuando su marido, Ray Smith, falleció en un hospital de Princeton por complicaciones tras haber superado una neumonía grave. Tenía 78 años y todo el mundo lo recuerda como un hombre tranquilo. Así lo cuenta su mujer, la escritora norteamericana Joyce Carol Oates en estas memorias.

Aquel que no haya sufrido una pérdida similar no entenderá estas memorias. Al menos la mitad de ellas. La viudad delira, no duerme, está hasta arriba de psicotrópicos y se hace preguntas que nadie responde. Su insistencia deprime. Su amigo el basilisco, alias “suicidio”, no solo vive en su rabillo del ojo sino que deja su rastro en todas las páginas. Pero de vez en cuando hay destellos literarios. Y poco a poco Oates empieza a recordar su historia de amor. Es entonces cuando el lector se sienta cara a cara con la viuda y la escucha. Ray, Ray, Ray. Su novela inacabada, su jardín, que ella retoma, su trabajo como editor y su pasado religioso. Y no es pena lo que se siente, sino agradecimiento y comprensión. Admiración también por que una escritora con una imagen pública se atreva a desnudarse así.

Y cuando oye el sonido que las tapas producen al cerrarse, el lector piensa: “Vale, Joyce Smith. Has despertado mi curiosidad y quiero saber lo que tu alter ego escritor, Joyce Carol Oates tiene que ofrecer, así que leeré tus novelas”.

El valle de las sombras de Jerónimo Tristante

Lo mejor de haber leído esta novela es que, cuando alzaba la vista, a lo lejos, veía el Valle de los Caídos, lugar en el que se desarrollan todos los hechos. Me sentía como esos escritores de relatos viajeros que, para empaparse del contexto, se sientan en un banco enfrente de cualquier monumento a leer lo que otros antes que ellos habían escrito tras pasar por allí.

Lo bueno de esta novela es que Tristante no se mete en política. Pese a que los dos protagonistas son militares y a que ambos lucharon en bandos distintos en la guerra civil, los presenta como a hombres destrozados por las circunstancias, lo que impide que el lector defienda al más cercano a sus ideas políticas.

Lo malo de esta novela es que lo único negro que tiene es lo que ocurrió en Cuelgamuros. Los caídos no fueron solo los de la guerra sino los que murieron allí picando piedra. Pero la trama es pobre y solo una excusa para todo lo demás.

Lo peor de haber leído esta novela es que hace que me pregunte qué es lo que pasa por la mente de los editores antes de publicar este tipo de relatos. No por su temática, sino por su calidad, claro. Y no es la primera del autor, lo que también hace que me pregunte cómo serán las demás. Y, por último, me pregunto si no seré demasiado dura con el resultado de una tarea que sé lo que cuesta emprender y terminar.

Ecos del pasado de Diana Gabaldon

El sábado por la noche una amiga y yo discutíamos acerca del motivo por el que las novelas-río existen. Ella sostenía que ciertos escritores tienen esa estructura en mente antes de escribir la novela y yo, incrédula, argumentaba que cuanto más éxito tiene la primera, más posibilidades tiene la editorial de alargar la historia hasta el infinito, y de paso, forrarse de billetes los abrigos.

La realidad creo que es una mezcla de las dos posiciones: el autor puede tener en mente una novela estructurada en varias partes y, al mismo tiempo, utilizar mucha paja para estirar el “fenómeno literario de todos los tiempos”.

Ecos del pasado de Diana Gabaldon es paja en un noventa por ciento. Solo en las cien últimas páginas “ocurre algo”. Pero tiene mil. Es la séptima entrega y sin ningún viso de terminar. (Por cierto, la edición de Planeta de la foto se ha comido unas noventa páginas y otras cincuenta están descolocadas. Error de impresión.) Cenizas al viento, la anterior, ya empezaba a preocupar, pero lo de ésta ha sido escandaloso.

No soy muy aficionada a la novela romántica así que desconozco si esto es lo habitual. Una vez lo intenté con una de una autora llamada Lindsay, creo recordar, pero todos los clichés del género me sobrecargaron. La historia de Diana Gabaldon también los tiene, claro. Una mujer fuerte, especial y con los ojos casi amarillos. Un escocés de las Tierras Altas pelirrojo, hermoso y valiente. Una persona sensata huiría de este tipo de literatura. Pero tiene sus virtudes también: el toque de ciencia ficción con viaje en el tiempo incluido, el realismo histórico y la ironía de Claire.

El problema es que hablar de la séptima entrega para explicar por qué es paja implicaría destripar todas las anteriores y no quiero hacer eso. Así que para terminar diré que la sensación que me deja esta novela es de cansancio porque la historia no avanza en dos mil páginas y porque autora, editorial o ambos juegan con el enganche del lector. Una pena.

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