El juego de Gerald de Stephen King

Nunca he abierto las tapas de este libro. Es una copia del original. El primero, el que yo leí, está en manos de una compañera de instituto. O quizás no. Puede que esté en manos de otra persona, en la basura, en una biblioteca o en una caja en un desván de unos padres hartos de que sus hijos no se lleven sus cosas cuando se van de casa.

Lo de compañera no es del todo exacto. Creo que no había hablado con ella más de dos palabras antes de prestarle el libro. Después, aumentaron a doscientas, pero todas triviales. Supongo que fui incapaz de decirle que no a una chica popular que desbordaba seguridad en sí misma. La situación, de producirse ahora, habría sido muy diferente. Sé que rebozarse en el barro del pasado no es bueno porque luego hay que frotarse tanto que la piel se agrieta, pero muchas veces imagino venganzas adolescentes. No al estilo de Carrie, ya que estoy con Stephen King, sino más del tipo de los superhéroes.

¿Y cómo una adolescente normal le presta un libro a una adolescente anormal? Cosas del boca a boca. La historia de una mujer que, mientras que hace el amor con su marido esposada a la cama, presencia como éste muere de un infarto era algo fascinante. Sobre todo porque se quedó esposada a la cama. No sé cuántos compañeros leyeron el libro ni si sintieron lo mismo que yo al hacerlo. A mí me atraía el pensamiento de la mujer esposada: su angustia, sus recuerdos, el mismo eclipse que en Dolores Claiborne, el tener a su marido muerto tan cerca y la gran incógnita: ¿lograría deshacerse de las esposas o moriría?

Eso es todo. Contagié el entusiasmo a mis amigos, ellos a otras personas y El juego de Gerald se convirtió en el libro de mis dieciséis. Después murió Kurt Cobain, todos olvidamos a Stephen King y yo me quedé sin mi libro. Nunca tuve el valor de pedírselo. Fin.

A veces las historias sin sentido tienen los finales que se merecen.

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El guardián entre el centeno de J. D. Salinger

Dicen que es la novela que mejor retrata lo que siente un adolescente. No estoy en condiciones de discutirlo pero sí puedo matizar algo: mi yo adolescente no se parecía en nada a Holden Caulfield, su protagonista, salvo en que yo también fumaba. Obviamente no puedo tomar una parte por el todo, pero si hago memoria no logro encontrar a ningún Holden en mi entorno. Es más, ahora en la supuesta madurez sí que podría nombrar a un clon, tan exacto que creo que si leyera la novela se quedaría pasmado.

Me irrita la condescendencia con la que se trata a El guardián entre el centeno. Lo que cuenta no tiene importancia porque el joven un día se despierta siendo adulto y toda la rebeldía, todas las dudas y toda la desidia han desaparecido de repente, ¿no es así? No. ¿No? Hay una época de transición. Incluso en la madurez sigues teniendo muchas más dudas que en la juventud. ¿De verdad? De verdad… Echa un vistazo. Que un adulto haga lo que tiene que hacer no significa que esté haciendo lo que quiere hacer. Su problema es que ya no puede escapar, pero las dudas siguen ahí y creo que para siempre. Utilicen el lenguaje que utilicen.

Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno…

Alguien me dijo una vez que ya está todo escrito. Por eso busco todas las respuestas en los libros. Desde que leí esta novela hace seis años, este párrafo ha sido la respuesta a mi pregunta de qué estoy haciendo con mi vida… “Yo sería el guardián entre el centeno…”

Middlesex de Jeffrey Eugenides

Llegué a esta novela a través de una recomendación. La compré y la abandoné a las cincuenta páginas. La historia de dos hermanos en Esmirna antes del ataque de los turcos era algo que exigía demasiada atención. Sin embargo, la coloqué en pendientes y no en abandonadas. Quizá intuí que había algo más.

Pasado un tiempo la retomé. La recomendación fue muy clara: “la novela es muy buena”. No “está bien”, es “entretenida” o “su narrativa es asombrosa” (¿alguien dice esto último?), sino “es muy buena”. Y lo es. La mejor novela contemporánea que he leído en los últimos años.

Resulta que el protagonista, Cal/Calliope Stephanides, es nieto de aquellos hermanos de Esmirna. Es hermafrodita. ¿Por qué? Bueno, él explica que la idea de que sus abuelos se casaran siendo hermanos tuvo algo que ver. En realidad, Cal lo cuenta todo. Todos los detalles de sus genes, pasando por el ataque de los turcos, la luna de miel de sus abuelos en el bote salvavidas del barco que los llevaba a Estados Unidos, la depresión del 29, la psiquiatría de mediados del siglo XX, los disturbios de Detroit y los coches, muchos coches. No podía ser de otra forma en Detroit.

El único problema de un nudo tan complejo es que la introducción y el final quedan un poco deslucidos. Sin embargo, desde el día que cerré sus tapas, siempre que oigo hablar de la Ford recuerdo a aquellos trabajadores que levantaron un imperio, y cuando alguien habla de los disturbios de Detroit, pienso en aquella niña pedaleando como una loca por las calles repletas de guardias nacionales buscando a su padre. Muy pocas novelas consiguen hacer que recuerdes hechos que ni has presenciado ni han ocurrido.

El jardín del samurai de Gail Tsukiyama

Unos meses antes de la guerra chino-japonesa que empezó en 1937, un joven de origen chino se recupera de una tuberculosis en un pueblo costero de Japón. Allí conoce a Matsu, el jardinero que se encarga de mantener la casa en la que se hospeda. Y entre ellos surge una relación extraña: el joven, enfermo, inseguro e inocente se convierte en el aprendiz de un maestro adusto, sombrío y misterioso.

Gracias a esta novela aprendí que la imagen idílica que muchos nos hemos formado del Japón no es real. Que como todos los pueblos a lo largo de su historia tiene sus grises, y dentro de ellos, muchas tonalidades. También aprendí que la belleza es algo más que una cara simétrica y un cuerpo esbelto, y que por tanto, el amor permanece durante más tiempo cuando la piel se cae y los rostros se desfiguran.

Por último, aprendí que las novelas sin grandes pretensiones, aquellas que hacen zoom en la vida de un grupo de personas durante unos meses y luego se vuelven a alejar son de las que más mérito literario tienen. No necesitan remontarse a cuando el mundo era una gran bola de fuego. Y lo agradezco mucho.

Un cadáver en los baños de Lindsey Davis

No suelo abandonar un libro. Pero cierto es que hay una relación proporcional entre mi edad y el número de libros abandonados. Cuando era más joven no sentía que leer un libro que no me gustara era perder el tiempo. Ahora que soy menos joven, sí. Quizá sea porque el espectro de libros que me esperan ha aumentado considerablemente.

Hace unos años leí La plata de Britania, la primera de veinte dedicada a las pesquisas del detective romano Didio Falco y ya entonces tuve problemas. Me despistaba. No era capaz de centrar la atención más de una página y con frecuencia tenía que releer párrafos enteros. “Será que estás cansada”, pensé.

Cuando me regalaron Un cadáver en los baños torcí el morro. Pero a caballo regalado no se le puede mirar el diente, así que le di una oportunidad de doscientas páginas. Me seguía despistando, tenía que volver a releer y el tema inmobiliario en Britania me importaba un carajo. Y que el traductor confundiera “ir” con “venir” fue la gota que colmó el vaso. Lo abandoné.

Sospecho que la traducción tiene algo que ver con mi despiste. O es posible que mi cerebro no sea capaz de procesar el lenguaje de esta autora. Demasiado pedante. La conclusión es que las “Lindsey/Lindsay” y yo no nos llevamos nada bien.

Un general confederado de Big Sur de Richard Brautigan

Qué ignorante…

El título, Un general confederado de Big Sur. ¿General confederado? Bien, me gusta el tema. ¿Big Sur? No sé dónde está. Y mi mente en español traduce automáticamente sur por “south” cuando debería haber sido al revés. ¿Richard Brautigan? Tampoco sé quién es. Pero no supone ningún problema: descubrir a un autor nuevo siempre es estimulante. ¿La portada? Coincidía con confederado y sur… salvo por dos detalles que no vi: la furgoneta verde y el cactus.

Una vez en mis manos me extrañó que no tuviera algunas páginas más; demasiado corta para ser una novela. Y empecé a leer. Mientras me metía en la historia de Jesse y Lee Mellon y sus andanzas por Big Sur, su historia con las ranas y los caimanes, la furgoneta, la gasolina, Roy Earle, el Pacífico, la guerra civil norteamericana, el absurdo y los millones de finales, me regañé por mi falta de criterio a la hora de elegir una lectura y por mi ignorancia. Al fin y al cabo, Richard Brautigan es un escritor bastante conocido, de culto dirían algunos. Debería haberme sonado su nombre. Un poquito.

No es un autor cualquiera. Pese a que yo me quedo con Rinoceronte de Ionesco aunque solo sea por razones académicas, Brautigan tiene su valor. Tiene la habilidad de mezclar un poema de Walt Whitman con un loco chiflado que toca un “tambor” porque no sabe donde están los demás. Por ejemplo.

Nunca se sabe pero quizá vuelva a encontrarme con Brautigan aunque no tenga intención. El absurdo llama al absurdo.

Donde nadie te encuentre de Alicia Giménez Bartlett

A la hora de comprar un libro me guío por la intuición. No suelo leer muchas sinopsis, no leo ninguna crítica. Normalmente me atraen los temas, ciertos autores y, tonta de mí, si la novela ha ganado algún premio prestigioso. Para ver como está el cotarro, principalmente.

De Donde nadie te encuentre me atrajo, primero, el tema: un psiquiatra francés y un periodista catalán emprenden la búsqueda de la Pastora, una maquis transexual acusada de muchos crímenes escondida en los parajes áridos de la España profunda de los años 50. Segundo, el aval del premio Nadal (valga la rima). Y con eso me conformé.

Pastora/Teresa/Florencio Pla es un personaje real. El psiquiatra y el periodista, no. Y ahí empieza el desastre. La narración de la Pastora es en primera persona. En cursiva, breve pero concisa, conmovedora y triste. La historia de los otros es en tercera persona. No son creíbles, son estereotipos. Doctor francés remilgado al que la dureza de la España negra conmueve. Periodista español, de los cincuenta, muerto de hambre, borde, pero de gran corazón. Su historia no avanza porque algunos autores creen que la paja es algo fundamental para publicar un libro. Y eso la convierte en una mala novela.

Escribir sin decir nada se ha convertido en un arte y por eso creo que esta novela se llevó el premio Nadal. No hay otra explicación posible.

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