Middlesex de Jeffrey Eugenides

Llegué a esta novela a través de una recomendación. La compré y la abandoné a las cincuenta páginas. La historia de dos hermanos en Esmirna antes del ataque de los turcos era algo que exigía demasiada atención. Sin embargo, la coloqué en pendientes y no en abandonadas. Quizá intuí que había algo más.

Pasado un tiempo la retomé. La recomendación fue muy clara: “la novela es muy buena”. No “está bien”, es “entretenida” o “su narrativa es asombrosa” (¿alguien dice esto último?), sino “es muy buena”. Y lo es. La mejor novela contemporánea que he leído en los últimos años.

Resulta que el protagonista, Cal/Calliope Stephanides, es nieto de aquellos hermanos de Esmirna. Es hermafrodita. ¿Por qué? Bueno, él explica que la idea de que sus abuelos se casaran siendo hermanos tuvo algo que ver. En realidad, Cal lo cuenta todo. Todos los detalles de sus genes, pasando por el ataque de los turcos, la luna de miel de sus abuelos en el bote salvavidas del barco que los llevaba a Estados Unidos, la depresión del 29, la psiquiatría de mediados del siglo XX, los disturbios de Detroit y los coches, muchos coches. No podía ser de otra forma en Detroit.

El único problema de un nudo tan complejo es que la introducción y el final quedan un poco deslucidos. Sin embargo, desde el día que cerré sus tapas, siempre que oigo hablar de la Ford recuerdo a aquellos trabajadores que levantaron un imperio, y cuando alguien habla de los disturbios de Detroit, pienso en aquella niña pedaleando como una loca por las calles repletas de guardias nacionales buscando a su padre. Muy pocas novelas consiguen hacer que recuerdes hechos que ni has presenciado ni han ocurrido.

El jardín del samurai de Gail Tsukiyama

Unos meses antes de la guerra chino-japonesa que empezó en 1937, un joven de origen chino se recupera de una tuberculosis en un pueblo costero de Japón. Allí conoce a Matsu, el jardinero que se encarga de mantener la casa en la que se hospeda. Y entre ellos surge una relación extraña: el joven, enfermo, inseguro e inocente se convierte en el aprendiz de un maestro adusto, sombrío y misterioso.

Gracias a esta novela aprendí que la imagen idílica que muchos nos hemos formado del Japón no es real. Que como todos los pueblos a lo largo de su historia tiene sus grises, y dentro de ellos, muchas tonalidades. También aprendí que la belleza es algo más que una cara simétrica y un cuerpo esbelto, y que por tanto, el amor permanece durante más tiempo cuando la piel se cae y los rostros se desfiguran.

Por último, aprendí que las novelas sin grandes pretensiones, aquellas que hacen zoom en la vida de un grupo de personas durante unos meses y luego se vuelven a alejar son de las que más mérito literario tienen. No necesitan remontarse a cuando el mundo era una gran bola de fuego. Y lo agradezco mucho.

Un cadáver en los baños de Lindsey Davis

No suelo abandonar un libro. Pero cierto es que hay una relación proporcional entre mi edad y el número de libros abandonados. Cuando era más joven no sentía que leer un libro que no me gustara era perder el tiempo. Ahora que soy menos joven, sí. Quizá sea porque el espectro de libros que me esperan ha aumentado considerablemente.

Hace unos años leí La plata de Britania, la primera de veinte dedicada a las pesquisas del detective romano Didio Falco y ya entonces tuve problemas. Me despistaba. No era capaz de centrar la atención más de una página y con frecuencia tenía que releer párrafos enteros. “Será que estás cansada”, pensé.

Cuando me regalaron Un cadáver en los baños torcí el morro. Pero a caballo regalado no se le puede mirar el diente, así que le di una oportunidad de doscientas páginas. Me seguía despistando, tenía que volver a releer y el tema inmobiliario en Britania me importaba un carajo. Y que el traductor confundiera “ir” con “venir” fue la gota que colmó el vaso. Lo abandoné.

Sospecho que la traducción tiene algo que ver con mi despiste. O es posible que mi cerebro no sea capaz de procesar el lenguaje de esta autora. Demasiado pedante. La conclusión es que las “Lindsey/Lindsay” y yo no nos llevamos nada bien.

Un general confederado de Big Sur de Richard Brautigan

Qué ignorante…

El título, Un general confederado de Big Sur. ¿General confederado? Bien, me gusta el tema. ¿Big Sur? No sé dónde está. Y mi mente en español traduce automáticamente sur por “south” cuando debería haber sido al revés. ¿Richard Brautigan? Tampoco sé quién es. Pero no supone ningún problema: descubrir a un autor nuevo siempre es estimulante. ¿La portada? Coincidía con confederado y sur… salvo por dos detalles que no vi: la furgoneta verde y el cactus.

Una vez en mis manos me extrañó que no tuviera algunas páginas más; demasiado corta para ser una novela. Y empecé a leer. Mientras me metía en la historia de Jesse y Lee Mellon y sus andanzas por Big Sur, su historia con las ranas y los caimanes, la furgoneta, la gasolina, Roy Earle, el Pacífico, la guerra civil norteamericana, el absurdo y los millones de finales, me regañé por mi falta de criterio a la hora de elegir una lectura y por mi ignorancia. Al fin y al cabo, Richard Brautigan es un escritor bastante conocido, de culto dirían algunos. Debería haberme sonado su nombre. Un poquito.

No es un autor cualquiera. Pese a que yo me quedo con Rinoceronte de Ionesco aunque solo sea por razones académicas, Brautigan tiene su valor. Tiene la habilidad de mezclar un poema de Walt Whitman con un loco chiflado que toca un “tambor” porque no sabe donde están los demás. Por ejemplo.

Nunca se sabe pero quizá vuelva a encontrarme con Brautigan aunque no tenga intención. El absurdo llama al absurdo.

Donde nadie te encuentre de Alicia Giménez Bartlett

A la hora de comprar un libro me guío por la intuición. No suelo leer muchas sinopsis, no leo ninguna crítica. Normalmente me atraen los temas, ciertos autores y, tonta de mí, si la novela ha ganado algún premio prestigioso. Para ver como está el cotarro, principalmente.

De Donde nadie te encuentre me atrajo, primero, el tema: un psiquiatra francés y un periodista catalán emprenden la búsqueda de la Pastora, una maquis transexual acusada de muchos crímenes escondida en los parajes áridos de la España profunda de los años 50. Segundo, el aval del premio Nadal (valga la rima). Y con eso me conformé.

Pastora/Teresa/Florencio Pla es un personaje real. El psiquiatra y el periodista, no. Y ahí empieza el desastre. La narración de la Pastora es en primera persona. En cursiva, breve pero concisa, conmovedora y triste. La historia de los otros es en tercera persona. No son creíbles, son estereotipos. Doctor francés remilgado al que la dureza de la España negra conmueve. Periodista español, de los cincuenta, muerto de hambre, borde, pero de gran corazón. Su historia no avanza porque algunos autores creen que la paja es algo fundamental para publicar un libro. Y eso la convierte en una mala novela.

Escribir sin decir nada se ha convertido en un arte y por eso creo que esta novela se llevó el premio Nadal. No hay otra explicación posible.

Cuentos completos de Primo Levi

Primo Levi estuvo en Auschwitz diez meses. Era químico y sus conocimientos le sirvieron para trabajar en Monowitz, una parte del gran campo principal, junto a otros diez mil trabajadores, esclavos y hombres libres. Estuvo allí hasta que llegaron los rusos.

Y después escribió. No solo Si esto es un hombre y La tregua, memorias de su esclavitud en el campo de concentración y de su huida, sino también cuentos. Muchos. Relatos con el nombre de los elementos de la tabla periódica narrados en primera persona. Cuentos de ciencia ficción, como aquel en el que los héroes de los libros viven en un universo paralelo. Recuerdos sobre algunos compañeros del lager. Reencuentros, no sé si reales o no, con algunos de sus carceleros.

Limpios. Científicos. Originales. Poco sentimentales. Algunos con regalos escondidos, como éste de Versamina, la mujer eterna que vive congelada en una especie de cámara criogénica pendiente de que sus guardianes la despierten cada cierto tiempo…

Pensaba en muchas cosas confusas al mismo tiempo y se prometía […] que el dolor no se puede arrancar, no se debe, porque es nuestro guardián. Muchas veces es un guardián imbécil porque es inflexible, se mantiene fiel a sus consignas con fidelidad maniática, y no se cansa nunca, cuando las otras sensaciones, en cambio, se cansan, se desgastan, sobre todo las placenteras. Pero no puede uno suprimirlo, hacerlo callar, porque forma un todo con la vida, es su custodio.

Dicen que Primo Levi se suicidó tirándose por el hueco de la escalera de su casa de Turín. Algunos lo dudan porque su optimismo narrativo era demasiado intenso. Su descripción del dolor es un claro ejemplo. Dicen también que se quitó la vida porque la negación de los crímenes de Auschwitz ya le estaba matando lentamente. Él decía que los que negaban Auschwitz eran los únicos capaces de repetirlo. Si realmente fue así, logró superar las mil seiscientas calorías diarias pero no pudo con la incomprensión humana. Triste.

La devoción del sospechoso X de Keigo Higashino

Es la primera novela de Keigo Higashino que se traduce al castellano, pero en Japón es un autor tan popular que la mayoría de su obra ha sido adaptada al cine y a la televisión. Sin ir más lejos, hace unos años se estrenó la película de La devoción del sospechoso X (con los mismos protagonistas de la serie de televisión, que en su día contó con diez capítulos y bastante audiencia).

Todos los capítulos tenían la misma estructura: el profesor Galileo, Manabu Yukawa (Fukuyama Masaharu), a través de una agente de policía desconcertada, Utsumi Kaoru (Shibasaki Kou), hacía frente a un misterio inexplicable y en ocasiones sobrenatural. Tras una investigación basada en el carácter racional de él y en la intuición de ella, la solución llegaba en forma de explicación científica clara y concisa por mucho fantasma que hubiera por ahí rondando.

Desconozco si los libros también son así. Lo que sí sé es que la película es fiel a la novela salvo en un detalle: no hay chica policía, solo hombres. El resto es calcado, lo que para mí ha sido un inconveniente porque me ha impedido disfrutar del escrito. Leer La devoción del sospechoso X ha sido como volver a ver la película fotograma a fotograma. Pero ya sabía como terminaba. Es más, el final dramático de la película y la ruptura del muro racional de Galileo están mucho mejor expresados en la película que en el libro.

Aun así, espero que Ediciones B tenga motivos para seguir traduciendo sus otras novelas. Como defensora de la narración literaria, casi me duele admitir que, en este caso, la película es mucho más estimulante que el libro.

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