Crónicas ibéricas de David Fernández de Castro

Casi nadie se acuerda ya de George Borrow, pero a mediados del siglo XIX, en pleno Romanticismo y en una España metida hasta el cuello en las guerras carlistas, los del pueblo llano y no tan liso solían llamarle “Jorgito el Inglés”*.

Llegó a España desde Portugal como agente de la Sociedad Bíblica con base en Londres y con la intención de vender todos los libros sagrados protestantes que pudiera. Como comercial no tuvo mucho éxito pero su paso por este país, experiencia que trasladó a varios libros, sirvió (y sirve) a muchos artistas de inspiración para sus obras. El más importante, La Biblia en España, fue traducido por Manuel Azaña. El más curioso, la traducción del Evangelio de San Lucas al caló, dialecto gitano, demostró su fascinación por este pueblo, sensación que se mantuvo en The Zingali, también dedicado a los gitanos.

Me gustan los relato-crucero porque logran despertar mi entusiasmo lo suficiente como para viajar de un libro a otro hasta llegar a la fuente original. David Fernández de Castro siguió los pasos de Borrow por España de norte a sur. Queda poco ya de la España del vendedor de biblias. Y pese a que los huecos están rellenos de chascarrillos históricos, anécdotas actuales y mucho cariño hacia sus anfitriones, el conjunto sirve como mapa: George Borrow es el tesoro y todos los libros que se han escrito sobre él los pasos para llegar hasta él.

*En el libro, Jorgito está escrito Jorjito. Creo que es incorrecto y por eso lo he cambiado.

Memorias de una viuda de Joyce Carol Oates

 […] Y durante cuarenta y siete años y veinticinco días estuvimos juntos prácticamente cada día y cada noche hasta la mañana del 11 de febrero de 2008…

…cuando su marido, Ray Smith, falleció en un hospital de Princeton por complicaciones tras haber superado una neumonía grave. Tenía 78 años y todo el mundo lo recuerda como un hombre tranquilo. Así lo cuenta su mujer, la escritora norteamericana Joyce Carol Oates en estas memorias.

Aquel que no haya sufrido una pérdida similar no entenderá estas memorias. Al menos la mitad de ellas. La viudad delira, no duerme, está hasta arriba de psicotrópicos y se hace preguntas que nadie responde. Su insistencia deprime. Su amigo el basilisco, alias “suicidio”, no solo vive en su rabillo del ojo sino que deja su rastro en todas las páginas. Pero de vez en cuando hay destellos literarios. Y poco a poco Oates empieza a recordar su historia de amor. Es entonces cuando el lector se sienta cara a cara con la viuda y la escucha. Ray, Ray, Ray. Su novela inacabada, su jardín, que ella retoma, su trabajo como editor y su pasado religioso. Y no es pena lo que se siente, sino agradecimiento y comprensión. Admiración también por que una escritora con una imagen pública se atreva a desnudarse así.

Y cuando oye el sonido que las tapas producen al cerrarse, el lector piensa: “Vale, Joyce Smith. Has despertado mi curiosidad y quiero saber lo que tu alter ego escritor, Joyce Carol Oates tiene que ofrecer, así que leeré tus novelas”.

El valle de las sombras de Jerónimo Tristante

Lo mejor de haber leído esta novela es que, cuando alzaba la vista, a lo lejos, veía el Valle de los Caídos, lugar en el que se desarrollan todos los hechos. Me sentía como esos escritores de relatos viajeros que, para empaparse del contexto, se sientan en un banco enfrente de cualquier monumento a leer lo que otros antes que ellos habían escrito tras pasar por allí.

Lo bueno de esta novela es que Tristante no se mete en política. Pese a que los dos protagonistas son militares y a que ambos lucharon en bandos distintos en la guerra civil, los presenta como a hombres destrozados por las circunstancias, lo que impide que el lector defienda al más cercano a sus ideas políticas.

Lo malo de esta novela es que lo único negro que tiene es lo que ocurrió en Cuelgamuros. Los caídos no fueron solo los de la guerra sino los que murieron allí picando piedra. Pero la trama es pobre y solo una excusa para todo lo demás.

Lo peor de haber leído esta novela es que hace que me pregunte qué es lo que pasa por la mente de los editores antes de publicar este tipo de relatos. No por su temática, sino por su calidad, claro. Y no es la primera del autor, lo que también hace que me pregunte cómo serán las demás. Y, por último, me pregunto si no seré demasiado dura con el resultado de una tarea que sé lo que cuesta emprender y terminar.

Ecos del pasado de Diana Gabaldon

El sábado por la noche una amiga y yo discutíamos acerca del motivo por el que las novelas-río existen. Ella sostenía que ciertos escritores tienen esa estructura en mente antes de escribir la novela y yo, incrédula, argumentaba que cuanto más éxito tiene la primera, más posibilidades tiene la editorial de alargar la historia hasta el infinito, y de paso, forrarse de billetes los abrigos.

La realidad creo que es una mezcla de las dos posiciones: el autor puede tener en mente una novela estructurada en varias partes y, al mismo tiempo, utilizar mucha paja para estirar el “fenómeno literario de todos los tiempos”.

Ecos del pasado de Diana Gabaldon es paja en un noventa por ciento. Solo en las cien últimas páginas “ocurre algo”. Pero tiene mil. Es la séptima entrega y sin ningún viso de terminar. (Por cierto, la edición de Planeta de la foto se ha comido unas noventa páginas y otras cincuenta están descolocadas. Error de impresión.) Cenizas al viento, la anterior, ya empezaba a preocupar, pero lo de ésta ha sido escandaloso.

No soy muy aficionada a la novela romántica así que desconozco si esto es lo habitual. Una vez lo intenté con una de una autora llamada Lindsay, creo recordar, pero todos los clichés del género me sobrecargaron. La historia de Diana Gabaldon también los tiene, claro. Una mujer fuerte, especial y con los ojos casi amarillos. Un escocés de las Tierras Altas pelirrojo, hermoso y valiente. Una persona sensata huiría de este tipo de literatura. Pero tiene sus virtudes también: el toque de ciencia ficción con viaje en el tiempo incluido, el realismo histórico y la ironía de Claire.

El problema es que hablar de la séptima entrega para explicar por qué es paja implicaría destripar todas las anteriores y no quiero hacer eso. Así que para terminar diré que la sensación que me deja esta novela es de cansancio porque la historia no avanza en dos mil páginas y porque autora, editorial o ambos juegan con el enganche del lector. Una pena.

El arte de no amargarse la vida de Rafael Santandreu

La idea que plantea este libro es la siguiente: nada de lo que nos sucede en la vida es tan terrible como para provocarnos estados de ansiedad y de depresión. Un despido y una separación son cosas malas, pero no terribles. Lo mismo ocurre con una enfermedad. Incluso asegura que la aceptación de la muerte como parte de la vida nos ayuda a ser más felices.

A través de la terapia cognitiva, Rafael Santandreu plantea que el ser humano necesita muy poco para ser feliz, comer y dormir, y que el resto de necesidades son inventadas y, valga la redundancia, innecesarias. El objetivo último es alcanzar esa felicidad a través de un estado emocional fuerte alérgico a lo irracional y a lo supersticioso.

Sus consejos son buenos. Pero él mismo reconoce que este cambio implica tener la mente muy abierta, que no es cosa de un día y que requiere que un día sí y otro también se trabaje. Y lo que yo considero más importante: que muchas personas se bloquean en este tipo de terapias cuando los deberes se centran en eliminar creencias muy arraigadas. Por ejemplo, Santandreu sostiene que no hay que enfrentarse a los miedos para superarlos sino que lo más efectivo es combatirlos en la raíz: la idea irracional que los ha creado. ¿Pero cuál es esa raíz en una persona con muchos miedos? Él dice que solo hay una y que los demás son ramificaciones. ¿Y si el principal miedo de alguien es dejar de ser quien es si abandona todos sus miedos? Obviamente esta idea es irracional y de ella surgen todos los demás problemas, pero se ha convertido en algo tan difícil de cambiar como el color de los ojos.

Otro ejemplo es el del tratamiento que recibimos de los demás y el que damos nosotros. La base está en la idea de tratar a todos de forma igualitaria en las relaciones personales y, si nos hieren, utilizar la condescendencia con ellos convenciéndonos de que tienen una carencia que les lleva a actuar así pero que eso no los convierte en malas personas. Solo en discapacitados emocionales. ¡Jesús, qué bondad!

¿Conclusión? Difícil. Él no dice que sea fácil, ni mucho menos, pero a mí me gustaría meterme en las mentes de los lectores de este libro para saber qué es lo que rechazan y lo que aceptan de él. Solo para comprobar si su rechazo se debe a las mismas causas que el mío: ¿si cambio esto seguiré siendo yo o me convertiré en una ameba?

My story de Marilyn Monroe

 -Es muy extraño. En toda tu actuación en esta escena he ido recibiendo vibraciones sexuales de ti. Como si fueras una mujer atrapada por la pasión. Me paré porque pensé que debías estar sexualmente demasiado perturbada como para seguir.

Empecé a llorar. No prestó ninguna atención a mis lágrimas, sino que siguió decididamente:

-Comprendo tu problema con el estudio ahora, Marilyn, y también comprendo al estudio. Eres una mujer que emite vibraciones sexuales, no importa lo que estés haciendo o pensando. El mundo entero ya ha respondido a estas vibraciones. Salen de la pantalla cuando tú apareces. Y a los jefes de tu estudio les interesan solo tus vibraciones sexuales. No les importas nada como actriz. Puedes ganar una fortuna con sólo vibrar ante la cámara. Ahora veo por qué rechazan verte como una actriz. Les resultas más valiosa como estimulante sexual. Y todo cuanto quieren de ti es sacar dinero fotografiando tus vibraciones eróticas. Puedo comprender sus razones y sus planes.

Michael Chejov me sonrió.

-Puedes conseguir una fortuna con sólo plantarte o moverte frente a las cámaras, casi sin actuar-dijo Michael.

-No es lo que quiero- le dije.

-¿Por qué no?- me preguntó afectuosamente.

-Porque quiero ser una artista -le respondí-, no una rareza erótica. No quiero que me vendan al público como un afrodisíaco del celuloide. Que me miren y empiecen a agitarse. Estaba bien en los primeros años. Pero ahora es distinto.

Mi interés por Marilyn Monroe despertó mientras veía un documental en televisión. Era tarde y yo me encontraba en ese estado de duermevela en el que curiosamente todos los estímulos se graban en la memoria para siempre. El locutor decía que Marilyn en sus últimos años se había cansado de ser un objeto sexual y que sus grandes esfuerzos por convertirse en actriz empezaron a dar sus frutos cuando falleció. Y que siempre se había sentido muy sola.

Mientras escribo esto recuerdo una Nochevieja en mi antigua casa, sola, a las tres de la mañana viendo El príncipe y la corista. Entonces mi percepción de Marilyn Monroe cambió. Después del documental lo volvió a hacer. Mis ojos se achican en gesto de ternura cuando la veo, como me ocurre con Vivien Leigh y con Audrey Hepburn. Es ese gesto íntimo entre dos personas provocado por la empatía, aunque en este caso solo unilateral.

My story no es un libro escrito por Marilyn. Ella le contó sus vivencias al guionista Ben Hecht y éste, como buen compositor de palabras, le dio forma. Para mí supone el tercer cambio de percepción de Marilyn. Solo abarca hasta su luna de miel con Joe DiMaggio y su visita a las tropas estadounidenses en Corea, pero en él demuestra ser algo más que una rubia exuberante e injuriada por la crítica: observadora, intuitiva, perspicaz, crítica y muy inteligente.

La clave del enigma sagrado de Henry Lincoln

Mi interés por estos temas no surgió después de El código Da Vinci, sino tras jugar a una gran aventura gráfica: Gabriel Knight 3. En mi ignorancia pensé que la idea original era de Jane Jensen, pero varios libros, entre ellos El enigma sagrado, me demostraron que no.

Salvo excepciones de las que hablaré aquí más adelante (unas por extravagantes y otras por válidas), el noventa por ciento de este tipo de libros asegura con rotundidad que el santo grial del medievo es en realidad la sangre real de la unión entre Jesús y María Magdalena. Ésta emigró a Francia embarazada y los descendientes de sus hijos (nunca me ha quedado claro si uno o varios) con el paso de los siglos formaron la dinastía merovingia francesa.

Algunos aderezan esta idea con un vínculo templario, otros añaden la masonería y muchos las dos cosas a la vez. Los más osados aseguran que María, descendiente de la tribu de Benjamín, participó en una treta dinástica de ciertos sacerdotes para dar a luz al heredero del trono del rey David y los más surrealistas mezclan todo para echar leña al tema de las conspiraciones mundiales. Y, por supuesto, todo sin contar con una fuente histórica fiable. Porque no existe. Las supuestas alusiones a Jesús en ciertas fuentes romanas y en las Antigüedades judías de Flavio Josefo fueron introducidas a posteriori por la iglesia católica. Sin embargo, yo disfruté bastante con esos libros. Para mí eran como novelas históricas con ciertas licencias. Como no había pruebas, cualquier teoría podía ser posible.

En La clave del enigma sagrado Henry Lincoln no cuenta nada. Recuerda sus momentos en la investigación del misterio de Rennes-le Château (donde supuestamente está la tumba de Jesús) y se desdice de todo lo que sostuvo con tanta seguridad en sus libros para sustituirlo por la certeza de que los medievales construían con tal precisión geométrica que hoy en día solo podría hacerse con tecnologías tipo GPS. Y se queda tan tranquilo.

Que este libro sirva como ejemplo de la cantidad de mentiras pseudohistóricas que se publican sin ningún pudor y de la dignidad en la que se plantan este tipo de autores cuando fueron ellos mismos los que distribuyeron esas mentiras (inducidos por fuerzas misteriosas y también mentirosas) o no.

 

 

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