Archivo de la categoría: Biografía

Kate de William J. Mann

Kate  No es esta una biografía que precisamente ensalce la figura de Katharine Hepburn. Ni como actriz ni como persona. El autor lo advierte en el prólogo: no es un fan de la actriz ni tampoco fue su amigo. Es solo un “reportero e historiador cultural”. Como reportero, su labor en esta historia es desmitificar a Katharine Hepburn, convertirla en un ser humano egoísta, mentiroso y que vivió mostrando una doble cara durante toda su vida. Como historiador cultural, imagino que su intención es la de demostrar que todo el entorno de Hepburn, incluidos Spencer Tracy y la propia actriz, era homosexual. Algo tan absurdo como considerar que todo el mundo es heterosexual.

Yo tampoco soy fan, ni amiga, ni reportera ni “historiadora cultural”. Solo sentía curiosidad. Pero hasta cierto punto. Me importa un bledo con quién se acostaba Katharine Hepburn y todos los juicios de valor que emite William J. Mann sobran, sobre todo, cuando se basan en testimonios de fuentes sin nombre y del tipo “un amigo con conocimiento sobre el tema”.

Pero no todo ha sido malo. Descubrí una polilla. La de James Thurber. Ese animal siempre ronda por mis relatos sin terminar y siento curiosidad por saber cómo es su enfoque. Pronto sabré más.

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Hitler de Ian Kershaw

Hitler  Mentiría si dijera que ha resultado ser una biografía fácil de leer. La primera parte, la que abarca la vida de Hitler desde su nacimiento hasta el año 1936, casi acabó con mi paciencia. Por dos motivos. Por la textura de sus páginas, similares a las de una Biblia, que a su vez provocaba que me encontrara en una espiral acompañada de un chiflado egocéntrico cuyas ínfulas parecían no tener fin. Cuando la terminé estaba tan cansada del dictador que me tomé unos meses de descanso.

Al empezar la segunda parte todo me resultó más fácil. Quizá porque tenía más conocimientos de la Segunda Guerra Mundial que de la anterior y del período de entreguerras. Quizá porque las páginas no eran bíblicas. Quizá porque leer acerca de la caída de un ser así es mucho más aliviador que hacerlo sobre su ascenso.

No soy historiadora, así que hay muchas cosas de esta biografía que me han sorprendido. La primera, que Hitler era un vago que vivió del cuento durante mucho tiempo. La segunda, que era un cafre. Un imbécil paranoico que no fue capaz de delegar nunca y que se metía en asuntos militares hasta el punto de matar a muchos de sus subordinados, los mismos que le idolatraban y que trabajaban siempre “en su dirección”. La tercera, que el Tercer Reich fue un desastre administrativo. La cuarta, que hubo más oposición a Hitler de la que yo creía. La quinta, que Hitler sí sabía lo que se hacía en los campos de concentración y que dio su autorización. La sexta y última, que Franco sí quiso participar en la Segunda Guerra Mundial pero que sus condiciones fueron rechazadas por Alemania. En conclusión, una biografía reveladora.

No ha habido nunca en la historia una destrucción comparable (física y moral) asociada al nombre de un solo individuo. El que la destrucción tuviese raíces mucho más profundas y causas mucho más hondas que los objetivos y las acciones de este único individuo ha quedado claramente expuesto en los capítulos precedentes. El que las profundidades hasta entonces inéditas de inhumanidad en que se sumergió el régimen nazi pudiesen contar con un amplio margen de complicidad a todos los niveles de la sociedad ha quedado también demostrado. Pero el nombre de Hitler representa siempre justificadamente el del instigador jefe del hundimiento más profundo de la civilización en los tiempos modernos. La forma extrema de gobierno personal que se permitió que adquiriese y ejerciese un demagogo de cervecería de escasa formación, un patriotero racista, un narcisista megalómano que se proclamó él mismo salvador de la patria, en un país moderno, econónicamente avanzado y culto, famoso por sus filósofos y por sus poetas, fue absolutamente decisiva en el terrible despliegue de los acontecimientos que se produjeron en aquellos doce años fatídicos.

Afortunadamente, no llegó a “salvar” su patria. Imbécil cobarde.

Leonardo da Vinci de Marcel Brion

Leonardo da Vinci  Más que una biografía al uso, yo diría que esta obra de Marcel Brion es un ensayo sobre la vida y las creaciones de Leonardo da Vinci. Por supuesto que cuenta con una parte muy bien documentada sobre la vida del pintor, pero también con otra parte de análisis artístico y filosófico y, por tanto, subjetivo.

Afortunadamente para él, Brion murió a mediados de los años ochenta, es decir, veinte años antes de que comenzara la locura sobre Leonardo y su supuesta pertenencia a las mil y una organizaciones secretas que habitan este mundo. Sin embargo, algo se debía ya de barruntar porque hace varias alusiones al tema:

[…] Convertir a Leonardo en el heredero de doctrinas heréticas, el continuador de los cátaros, el sectario de misteriosas capillas orientales, me parece en exceso arriesgado, pues sólo se apoya en hipótesis sin fundamento.

[…] Por consiguiente, ignoramos si fue adepto a las ciencias ocultas o sólo tuvo la reputación de serlo.

También hace referencia a la homosexualidad de Da Vinci, aclarando que le importa un bledo y a muchos mitos y leyendas que circulan (y circulaban) sobre Leonardo da Vinci por todos los mentideros. En general, es un biógrafo sincero. Cuando tiene pruebas las presenta y cuando no, acepta su ignorancia. Al fin y al cabo, hay muchas cosas que no se saben de la vida del pintor.

En cuanto al apartado subjetivo, solo pondré un ejemplo de la interpretación simbólica de la gruta en La Virgen de las Rocas:

[…] Confirió un significado muy especial a esta “maternidad” dándole como marco una gruta, por ser la gruta el símbolo más claro y evidente de la “madre”, pues representa ese medio cerrado, oscuro y húmedo en el que madura y crece el ser vivo.

Otro crítico, otro aficionado u otro ser humano podría haberle dado cualquier otra interpretación válida. Sin embargo, lo que convierte a esta biografía en merecedora de lectura son los contextos histórico, político, social y religioso entre los que Brion introduce a Leonardo da Vinci. No es lo que el biógrafo quiere que sea, sino lo que probablemente fue. Es decir, no un genio ajeno a todo, sino un hombre muy influido por su entorno. Por muy adelantado a su tiempo que anduviera.

La agonía y el éxtasis de Irving Stone

  La Piedad de Miguel Ángel se encuentra cerca de la puerta que se abre solo en los jubileos. Está encerrada y protegida por cristal antibalas porque un loco intentó destrozarla con un martillo en el año 1972. Los turistas se detienen para hacer fotos pero pocos para observarla. Los guías hablan del atentado, de las armonías de la escultura y de cuando Miguel Ángel esculpió la famosa frase de “Miguel Ángel Buonarroti, florentino, la hizo”. Para evitar confusiones.

 Esculpió hacia arriba del bloque, empleando su conocimiento de las formas que ya había liberado de él en la parte inferior, y una intuición, tan antigua y profunda como el largo entierro del mármol, para alcanzar la expresión de María, que emergía no tan sólo de su emoción sino del sentimiento de la escultura toda. Estaba con su cabeza más baja que la de la Virgen, las manos frente a sus ojos, las herramientas inclinadas hacia arriba. El bloque lo veía cara a cara, el escultor y la imagen, ambos envueltos por la tierna y reprimida tristeza. No esculpiría una agonía. Los agujeros de los clavos en las manos y los pies de Cristo eran apenas diminutos puntos. No se veía señal alguna de violencia. Jesús dormía plácidamente en los brazos de su madre. Sobre las dos figuras se advertía una luminosidad. Su Cristo despertaba la más profunda simpatía, no aversión, en aquellos que estaban fuera de la escultura y eran los responsables.

La agonía y el éxtasis es una biografía novelada de la vida de Miguel Ángel y este fragmento forma parte de la descripción que Stone hace de la creación de la Piedad. Cuando estaba frente a la escultura no recordé este libro, pero anoche, mientras movía libros de un sitio a otro, de repente su portada se me apareció. Es difícil distinguir qué es ficción y qué realidad en una obra así, pero merece la pena solo por averiguar a qué se refiere con agonía y a qué con éxtasis.

Por último, del mismo modo que hay una persona encargada de que nadie se sobrepase con la estatua de San Pedro, yo propondría que hubiera otra cerca de la Piedad. Primero, para que la gente mantuviera silencio, los guías incluidos, y segundo, para que leyera un fragmento de este libro o de cualquier otro dedicado a Miguel Ángel. Para que los demás entendieran.