Enésima crónica de un viaje a Japón. Epílogo.

Kioto Me gustaría dividir este epílogo en dos partes. Con la mente en aquellos que lleguen aquí buscando consejo, en la primera parte voy a tratar temas logísticos: aerolíneas, hoteles y transporte. Pero siempre bajo la advertencia de que se trata de la opinión de una sola persona. Lo único que quiero es trasladar mi experiencia y, de algún modo, evitar que a otros les pase lo que me pasó a mí por seguir a rajatabla ciertos itinerarios que circulan por la red.

En la segunda parte quiero sacar algunas conclusiones, hacer un par de reflexiones, introducir algunas anécdotas, dar alguna que otra explicación y, si estoy inspirada, abrirme un poco y hablar de partes del viaje que no he querido mencionar (como la visita a cierto cementerio de Tokio). Pero no sé si lo lograré.

Lo expliqué en la primera entrada del viaje pero lo reitero: escogí Finnair – Japan Airlines solo porque las horas de vuelo están más divididas (unas cuatro y unas diez). Después de la experiencia, quizá las otras opciones (las de dos y doce horas) sean más inteligentes, pero para alguien al que no le gusta volar, que no lo hace con asiduidad o que va a aterrado, creo que es la mejor opción. La parte de Finnair es la peor parada pero al menos son puntuales. El avión es pequeño y antiguo. Los asistentes de vuelo no son muy simpáticos. Al ser corto no se esmeran con la atención. Pero los pilotos son profesionales y encantadores (como en todas, imagino). A la vuelta, después de las turbulencias sobre Bruselas, la charla que nos dio uno de ellos me quitó el susto de un plumazo.

Kiyomizudera El avión de Japan Airlines es nuevo, un 787 Dreamliner. Cuando baja y sube se mueve bastante más que el otro, que es más pequeño, pero su despegue y su aterrizaje es mucho más suave. Y sus asistentes de vuelo son las mejores: amables, serviciales y muy simpáticas. Me alegro de que haya mujeres en el mundo de más de treinta y de cuarenta años con este tipo de trabajos. A mí me dice mucho de la aerolínea. Además, su sistema de entretenimiento, con pantalla individual por asiento, es muy útil. Hay cine (japonés, asiático y de Hollywood), música, programas de televisión, noticias, videojuegos y manga. Pero claro, es una aerolínea japonesa que va o viene de Japón, así que esperar un informativo de la televisión pública española o una película de Ozores es una estupidez bastante cateta. Por último, la comida. Te ceban. Supongo que para que no te aburras. Mi paladar no es muy exigente y suele gustarme la comida de los aviones y de los trenes, así que no tengo queja. La hamburguesa de la vuelta, en plan “hazlo tú mismo”, me encantó (y me puse perdida por sacarla entera del envoltorio). Entre horas te dejan picar todo lo que quieras en el “espacio para la tertulia”. Es cierto que no vuelo mucho, pero precisamente por eso le doy un diez.

El hotel que escogí para Kioto fue el Monterey. Por recomendación. Porque tenían una oferta de habitación superior al cincuenta por ciento. Por su situación. Muy céntrico para los que no nos importa caminar (a diez minutos de Teramachi). A un minuto de una parada de metro, la Karasumaoike. A treinta segundos de una parada de autobús. Sus desayunos son muy caros, pero hay cafeterías cerca. También muchos restaurantes. Una lavandería. Una librería. Una tienda de antigüedades. En cuanto a la habitación, yo solo necesito una cama con un colchón duro, una televisión para arrullarme, un secador (y no siempre) y un baño, así que todo lo que supere eso está bien. Con la oferta volvería sí o sí.

Kiyomizudera 2 El de Osaka fue el Arietta. Solo para dos noches. Lo elegí por su precio, muy barato, por los desayunos gratis y porque lo de céntrico se queda corto. A tiro de piedra de Namba. La única pega que le puedo poner son las sábanas, me quemé el codo con ellas de lo tirantes que estaban. Pero el personal de recepción es muy amable y por ese precio es un hotel sobresaliente.

Por último, el de Tokio, que quizá fuera un capricho. Se llama The Edo Sakura y está a una parada de Ueno (en la línea Yamanote) o en Iriya si vas en metro. No es un hotel en sí sino una casa de huéspedes de estilo japonés. El primer día te enseñan cómo hacerte la cama y, durante tu estancia, te la haces tú siempre. Ellos solo cambian las sábanas. A mi espalda le vino muy bien dormir al estilo japonés pero con el edredón sudaba como un pollo. Imagino que ellos tendrán un truco para no pasar tanto calor, pero no se me ocurrió preguntarlo. Este hotel es precioso pero tiene dos pegas importantes: es bastante caro y está en una zona en la que apenas hay nada salvo conbinis, que en Tokio fueron mi perdición. Eso sí, tienen un desayuno por 800 yenes delicioso.

Kioto (2) Pese a lo torpe que fui, lo cierto es que orientarse en los medios de transporte no es difícil porque todos los carteles importantes están escritos en roomaji. Obviamente tienes que estar atento, no en las nubes, pero te acostumbras mucho antes de lo que crees (si no te empeñas en ir a Chiba cuando tienes que ir a Kamakura…). Eso sí, salir de ciertas estaciones es una dura tarea. El transporte es caro. El JRail Pass compensa si te mueves por Japón. En las tres ciudades en las que estuve hay pases para el metro (y autobús en Kioto) por un día que también amortizas. La gente cree que no, pero en realidad sí, porque te pierdes, porque cambias de ruta, porque vuelves a perderte. Yo no las usé pero también están las tarjetas prepago tipo Suica/Pasmo. En realidad todos son facilidades. Eso sí, guardad siempre los billetes hasta que salgáis. Si no, no podréis.

El último consejo logístico y quizá el más importante. Aunque reciba alguna colleja que otra, tengo que darlo: huid de los itinerarios de internet como de la peste. Sobre todo de los de Tokio. Consultad guías, leed opiniones, pero no sigáis el recorrido que hizo otra persona. Es preferible ir sin nada y a la aventura, que pretender seguir a rajatabla lo que otros hicieron. Si os abruma Tokio, disfrutadla como podáis y no seáis tan imbéciles como yo.

kioto (3) Mi presupuesto era limitado mucho antes de conocer a los mafiosillos y lo fue mucho más después. Tenía clara cuál era mi prioridad y preferí disfrutar de otras cosas antes que de la comida. En Kioto y en Osaka me alimenté bien e incluso me permití algún lujo por las noches. En Tokio ya no pude y que no hubiera nada cerca del hotel no ayudó mucho. Pero, en realidad, estoy mintiendo. La comida en Japón no es en absoluto cara. En un izakaya de un barrio como el de mi alojamiento podría haber cenado muchas noches si hubiera querido. Pero no quise. ¿Por qué? Porque en Kioto me pasó algo en un restaurante que hizo que me encerrara en mi concha. Me encantan las gambas rebozadas (ebi furai). Es mi plato japonés preferido junto con la tortilla de arroz (omuraisu). La gente se ríe de mí porque, al parecer, es comida infantil, pero nadie ha dicho que yo sea una adulta. Además soy zurda. Y no sé utilizar los palillos muy bien. El restaurante era muy pequeño y familiar. En la barra había dos osos de peluche sentados. Proliferaba el ganchillo. A mi lado había una pareja. Mientras yo me comía las gambas con las manos e intentaba hacer lo mismo con el arroz (con los palillos), el hombre le dijo a la mujer: “Debe de ser difícil para ellos comer con palillos, ¿verdad?” No sé qué le contestó ella, creo que asintió. Les miré y me disculpé. Después terminé sin apetito, pagué y me marché. Intentar aguantar las lágrimas mientras comes no es fácil. ¿Y por qué entendí perfectamente lo que dijo ese señor y no a Hina o a Subaru cuando hablaron? No lo sé. En realidad no le culpo. Cometió el mismo error que todos, damos por hecho que un extranjero no entiende nuestro idioma. Su comentario no me pareció maleducado, quizá un poco fuera de lugar, pero hirió mi orgullo y no volví a coger unos palillos sola en todo el viaje. No quería volver a llamar la atención por algo así. Por mi belleza, por supuesto que sí. Pero por no saber comer, no. Soy una susceptible tonta.

Nara (3) Pero no hay mal que por bien no venga y esta anécdota me sirve para hablar del gran descubrimiento que hice en Japón: los japoneses son humanos. Sí, sé que es sorprendente pero lo comprobé con mis propios ojos. Incluso hay algunos hombres que por las mañanas están de mal humor y gruñen. Conocí a una señora en un restaurante de comida rápida que no movió su culo del asiento cuando ya había terminado de comer a pesar de que los demás buscaban un sitio desesperadamente. No se le movió ni una pestaña. Me hizo sentir como en casa. Los codazos en el metro también me resultaron familiares. Aunque en Japón la experiencia es diferente. Si te despistas, la marea humana te lleva en vilo. Recomendado totalmente. Algunos son hasta despiadados y si tus maletas se caen por una escalera mecánica ni se inmutan. Otros, sin embargo, en otra ciudad, en otro momento, cargan con ellas y bajan por una escalera infinita. ¿Y lo más impactante de todo? No son de piedra. Los niños de cinco y seis años van solos en el metro al colegio y cuando se despistan hay decenas de potenciales padres que les vigilan por el rabillo del ojo. Es verdad que no levantan la vista de sus teléfonos, pero también lo es que eso no les ciega. Yo lo he visto. He presenciado cómo tres imbéciles de habla inglesa entraban en un Starbucks a liarla un domingo por la mañana. He visto cómo una de las chicas limpiaba arrodillada un asiento en el que habían derramado un café entero sin borrar su sonrisa. He tenido que morderme la lengua para no montar un número aun peor. Me ha dado mucha pena el encargado cobarde que hacía inventario. Podría seguir, pero creo que como pruebas todos mis ejemplos son suficientes. Salvo cuando me interponía en el camino de sus bicicletas, a mí siempre me han ofrecido una sonrisa, en el caso de las mujeres, y un gruñido, en el caso de los hombres, que echaré bastante de menos. Los niños chocaban los cinco.

Nara (4) Cuando llegué a España me di cuenta de lo feliz que había sido en Japón. No porque aquí no lo sea sino porque allí me olvidé de todo. Mis preocupaciones eran más inmediatas, más abstractas. No tenían caras. Allí solo anhelaba, caminaba, comía y dormía. Pero sin prisa. Ahora, casi un mes después, cuando cierro los ojos o me dejo llevar, me sorprende la nitidez con la que vuelvo a recorrer las calles de Japón. Me conmueve la necesidad que tengo de dulces fabricados allí. Me da igual del tipo que sean. Artesanales, industriales o promocionales. Su dulzura es tan sutil… También recuerdo los olores, sobre todo el del incienso de los templos y el del producto que algunas mujeres se echan en el pelo con no sé qué finalidad. Lo curioso es que aquí no como dulces, no soporto el olor del incienso y nadie se echa productos en el pelo por motivos desconocidos.

Conocí a Uemura Ryota-kun gracias a la televisión. Era un niño muy llamativo con una sonrisa preciosa. Recordé su cara en muchos momentos del viaje. Cuando me enteré, por casualidad, de por qué era noticia no pude dejar de pensar en él. Incluso mis conversaciones con España eran sobre él. Ojalá nunca le hubiera conocido. Pero como lo hice, como su cara me hizo mucha compañía, creo que es justo terminar con su recuerdo.

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