Sin destino de Imre Kertész

Sin destino  Sin destino es la narración en primera persona de la vida de un adolescente de origen judío en un año durante la Segunda Guerra Mundial. Vive en Budapest con su padre y su mujer. A su madre la ve dos días a la semana. En los días anteriores a la deportación de su padre a un “campo de trabajo”, y en medio de los preparativos, György da su primer beso. Después, a él también le obligan a trabajar en una fábrica. Un día el policía que guarda las puertas no les deja entrar. Tras muchas horas esperando sin saber lo que esperar, los jóvenes montan en un tren con destino a Auschwitz. Allí huelen y descubren qué es ese humo que sale por las chimeneas. Después parten hacia Buchenwald y Zeitz. Tras unos meses, György enferma y apenas sin fuerzas, inicia el viaje de regreso: primero el hospital de Buchenwald y después, la libertad. En Budapest, mantiene dos conversaciones importantes: una con un periodista que le paga el billete de tranvía y otra con dos vecinos, con los que se indigna porque no logran comprenderle.

György observa mucho a lo largo de su narración. Al principio se muestra indiferente ante lo que ocurre a su alrededor. Siente la marcha de su padre pero no es consciente del peligro. De camino al campo de trabajo, sigue sin sentir nada salvo necesidades básicas, sobre todo la sed. En Zeitz todo cambia. Todo se degrada a medida que la situación de Alemania lo hace. La primera vez que se mira al espejo, en el hospital, no puede creerse que sea él. La incredulidad y la ignorancia que ha demostrado en toda su experiencia se convierten en intuición. Sabe que pronto terminará.

Pese a que el tono ignorante, incrédulo y resignado de Kertész es de lo más originales que he encontrado en una novela, yo tampoco soy capaz de entender lo que quiere transmitir György cuando habla con los dos vecinos sobre el tiempo que pasa y sobre las responsabilidades de lo ocurrido. Sin embargo, me consuela saber que sí comprendí lo que él llama la hora de la felicidad, al atardecer, el tiempo que transcurría desde el final de la jornada hasta el recuento y en el que todos hablaban y compartían la vida…

Incluso allá, al lado de las chimeneas había habido, entre las torturas, en los intervalos de las torturas algo que se parecía a la felicidad. Todos me preguntaban por las calamidades, por los “horrores”, cuando para mí ésa había sido la experiencia que más recordaba. Claro, de eso, de la felicidad en los campos de concentración debería hablarles la próxima vez que me pregunten. Si me preguntan. Y si todavía me acuerdo.

 

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