Al este del Edén de John Steinbeck

Al este del Edén  Qué difícil es a veces hablar de un clásico. Lo es más aún cuando otra novela del autor, en este caso Las uvas de la ira, te entusiasmó tanto que pensaste que Steinbeck mantendría siempre el mismo nivel. Lo sigue siendo cuando, al leer otras opiniones, te das cuenta de que la crítica, ese ser poderoso, considera Al este del Edén como la obra más completa del premio Nobel. Por último, se convierte en algo ya no difícil sino imposible de explicar cuando todo te parece correcto, bien planteado y bien escrito pero nada más.

Al este del Edén sigue siendo Steinbeck, claro, y este párrafo es una muestra de ello:

 Es por eso que yo también me incluyo. Todos nosotros compartimos esa herencia, no importa de qué país proviniesen nuestros padres. Los americanos de todas las razas y colores tienen, más o menos, las mismas tendencias. Es una raza… seleccionada por accidente. Y por eso somos fanfarrones y pusilánimes, al mismo tiempo… somos bondadosos y crueles como los niños. Demostramos nuestra amistad de un modo exuberante, y al propio tiempo los extranjeros nos dan miedo. Nos jactamos de nuestras cosas, pero nos dejamos impresionar fácilmente. Somos hipersentimentales y realistas al propio tiempo. Somos mundanos y materialistas…, pero ¿conoces alguna otra nación que actúe sólo por ideales? Comemos demasiado. No tenemos gusto, nos falta el sentido de la proporción. Despilfarramos nuestra energía. En el Viejo Mundo dicen de nosotros que pasamos de la barbarie a la decadencia sin detenernos en una cultura intermedia. ¿No será ello debido a que nuestros críticos no poseen la llave o el lenguaje de nuestra cultura? Eso es lo que somos, Cal…, todos nosotros. Tú tampoco eres muy diferente.

El que dice estas palabras es Lee, el criado de Adam Trask, padre de Aarón y Caleb, los protagonistas de la última parte de la novela. Porque sí, la historia es larga y abarca un período de tiempo también largo, de varias generaciones. Quizá su longitud sea uno de los problemas. Otro podría ser el uso excesivo de la alegoría del bien y del mal: en los nombres, en los actos de los personajes, en los protagonistas en sí. Me gustaba más el realismo de Las uvas de la ira. Steinbeck se me parece mucho a Hawthorne en esta novela. Y es un autor que me gusta en La letra escarlata pero no en sus relatos adorados por la crítica.

Divago.

Y termino con La perla, otro relato diferente que es más un símil que una alegoría. ¿Y cuál es la diferencia? Que el simbolismo de una perla es más libre, no tan restrictivo como el de la alegoría. (Ni tan moral.)

El pintor de Cracovia de Joseph Bau

El pintor de Cracovia  Como se dice en la contraportada, todo el mundo sabe quién es el pintor Joseph Bau porque su boda clandestina en el campo de concentración de Plaszow apareció en la película La lista de Schindler. De hecho, gracias a la intermediación de Rebecca, su esposa, el industrial Oskar Schindler metió a Joseph en su famosa lista y así consiguió salvarle la vida.

Sin embargo, todos estos acontecimientos no tienen un protagonismo especial en El pintor de Cracovia. Bau comienza su relato en el gueto de su ciudad natal narrando cómo su hermano y él se “ganaban la vida”. Con poemas y dibujos intercalados, esta primera parte termina con lo que se conoce como la liquidación del gueto, es decir, con la evacuación de los judíos a Auschwitz, a Plaszow… o con su asesinato a sangre fría por los oficiales de las SS.

La segunda parte es un recorrido turístico por el campo de concentración de Plaszow. Bau es el guía. En un tono distendido describe los edificios, para qué eran utilizados y lo que dentro y fuera de ellos ocurría. La visita termina así:

Esto es todo, damas y caballeros. Han recorrido ustedes todo el campo. Pero apenas hemos arañado la realidad, apenas hemos visto una gota en un mar de lágrimas. Describir el campo de Plaszow correctamente es una tarea equivalente a erigir un rascacielos con una sola mano, un edificio formado por el sufrimiento de miles de judíos.

¡Adiós! Están abandonando “mi Plaszow”, tal y como lo tengo grabado en mi mente y en mis recuerdos, y que una y otra vez revivo en mis constantes pesadillas

Ese arañazo es de gato. Profundo. Lo primero que hace un felino es clavar las uñas en la piel. Pero él no araña. Generalmente es el humano el que intenta zafarse, porque se asusta, porque quiere librarse del dolor. Y es entonces cuando se hace más daño. A un gato no le importa perder una uña en una pelea si logra dejar surco. Bau es como un gato en su descripción de Plaszow. Deja un surco sangrante porque es muy crudo. De los judíos que han escrito sobre sus experiencias en campos de concentración, me atrevería a decir que es de los más naturales.

Hay algo más que distingue a Bau de los demás y se puede percibir en los dos últimos relatos del libro. Han pasado casi treinta años desde Plaszow. Bau y su esposa viven en Israel y el hamsin, el viento cargado de arena del desierto, está provocando una ola de calor. Un tribunal austriaco les ha pedido que acudan a testificar a Viena contra un agente de las SS. Allí hace frío. A Bau le afecta el cambio de temperatura y cae enfermo. ¿Se puede tener un episodio de estrés postraumático tantos años después? Bau demuestra que sí y es precisamente su forma de contarlo lo que vuelve a diferenciarlo de otros supervivientes del holocausto.