¿A quién ama Gilbert Grape? de Peter Hedges

¿A quién ama Gilbert Grape?  El título original, What´s eating Gilbert Grape, significa algo similar a “qué reconcome a Gilbert Grape” que, dicho sea de paso, es un nombre que encaja mucho más con la idea de la novela que la “traducción” al español que, a su vez, no tiene nada que ver con Gilbert en una novela de amor. Además, no lleva signos de interrogación, algo que valoro porque no todas las preguntas han de llevarlo para que sepamos que lo son.

Gilbert Grape es un joven que vive en Endora, Iowa. Trabaja en un supermercado tradicional que se sostiene a duras penas por la presión del gran centro comercial del pueblo. Odia el sonido de campanas de las gasolineras. Está liado con una mujer casada. Su familia es conocida en todo el pueblo: su padre se ahorcó en el sótano de su casa cuando él era un niño, su madre es una obesa mórbida desde entonces, su hermana mayor adora a Elvis y lo único que hace es cuidar de su familia, su hermana pequeña acaba de descubrir su feminidad y su hermano pequeño, al que él llama retrasado, está a punto de cumplir los 18 años superando todas las expectativas de los médicos. Tiene dos hermanos mayores más que dejaron Endora hace tiempo y ahora solo envían cheques.

Nosotros solo conocemos un mes de la vida de Gilbert, en concreto un mes de julio. Hedges hace zoom durante ese tiempo, cuenta lo que tiene que contar y después aleja la cámara y funde en negro. En treinta días no solo descubrimos qué es lo que reconcome a Gilbert sino también vislumbramos una ácida crítica del autor a ciertos aspectos de la sociedad estadounidense. Además, con el nivel de patetismo justo. Su narrativa en presente es tan rápida que cuando queremos pararnos a sentir tristeza o melancolía, Gilbert sigue su discurso, menciona una peluca, la roña o una erección y toda la autocompasión se va al traste.

Hacía tiempo que una novela no me entusiasmaba tanto. Y eso que vi la película hace veinte años.

El caballo de Miguel de T. Parayre y B. Roldán

El caballo de Miguel  Antes de empezar me gustaría aclarar que los comentarios que voy a hacer del libro El caballo de Miguel no deberían disminuir lo más mínimo el mérito de todos los voluntarios que trabajan en el hospital Sant Joan de Déu. Tampoco los hago para ningunear sus experiencias ni para menospreciar su valía. Son solo comentarios literarios personales.

Mi mayor decepción ha sido encontrarme con un cuento narrado de forma infantil en vez de con un relato de experiencias de voluntarios para adultos. Las autoras se sirven de una metáfora, el caballo de un niño donado al hospital para que pueda ayudar a otros, para describir la labor de los profesionales en el hospital. El relato es simplón, muy cursi y muy vago. Además, está plagado de referencias católicas que respeto pero que me ponen los pelos de punta y de poco realismo (la anécdota de los padres con un bebé recién nacido enfermo a los que “anima” una tuna me resulta muy difícil de creer). Quizá el problema sea mi escepticismo ante tanto optimismo desmedido.

Como colofón, el libro cuesta unos 17 euros. Se lee en dos horas como mucho. Plataforma Editorial cede el 0,7% de sus ventas de los títulos de esta colección a ONG´s. Por la buena intención que contiene, espero que el resto se destine a los voluntarios.

Al infierno en un caballo veloz de Mark Lee Gardner

Al infierno en un caballo veloz  Compré este libro porque la crítica de Hagakure en Hislibris me entusiasmó. También la menciono aquí porque es tan completa que me va a evitar dar muchos datos con el fin de centrarme en mis sensaciones. Al infierno en un caballo veloz es una biografía compartida de Billy el Niño, el forajido más popular del Viejo Oeste, y de su perseguidor y asesino, Pat Garrett. El modo que tenemos de percibir la historia muchas veces no tiene nada que ver con la ciencia de los hechos, y los adjetivos que he utilizado para calificar a Billy y a Garrett lo demuestran. Incluso que mencione el nombre de pila de uno y el apellido del otro también forma parte de esa percepción peculiar.

Gardner lo menciona constantemente: el hecho de que Billy el Niño, pese a sus delitos, en general caía bien. Pat Garrett, sin embargo, no tanto. Más vale caer en gracia que ser gracioso. Como lo único que he echado en falta en el libro de Gardner es un poco de análisis histórico, voy a aventurarme a teorizar sobre el porqué (en mi caso, claro). Creo que todo proviene de cierta incoherencia que no puedo evitar: soy capaz de perdonar los asesinatos de Billy el Niño pero no los errores de Garrett. Pese a que éste último se mostró justo con Billy (salvo en su muerte), que un agente de la ley tuviera tantas debilidades y tantos fallos me resulta imperdonable. Supongo que en una sociedad tan violenta como la del Viejo Oeste americano cada uno era libre de elegir su favorito sin tener muy en cuenta la moral. Como he dicho, se trata de una incoherencia, imperdonable también.

(Al margen de los protagonistas, hay otro hombre en la historia que me ha llamado la atención: el gobernador territorial de Nuevo México y autor de la novela Ben-Hur, Lewis Wallace. No sé hasta qué punto la historia está bien considerada pero tengo que mencionarla porque su descripción de los “tres Reyes Magos” como inicio de una narración me pareció muy buena.)

 

La hija del sepulturero de Joyce Carol Oates

La hija del sepulturero  Creo que con esta novela termina mi romance con Joyce Carol Oates. Sus Memorias de una viuda provocaron que sintiera curiosidad por la mujer novelista y Ave del paraíso hizo que valorara su narrativa de la digresión como algo diferente. Sin embargo, no he encontrado nada sobresaliente en La hija del sepulturero. Quizá he elegido mal el orden de lectura, que ha sido aleatorio. Es muy posible que, al ser una autora tan prolífica, entre sus más de cuarenta novelas me pierda alguna más que merezca la pena. Pero no estoy por la labor de leerlas todas.

El mayor problema que tiene para mí esta novela es que no entiendo a la protagonista, a la famosa hija del sepulturero. La historia comienza en su infancia, en los años 40, cuando describe la vida de su familia, inmigrante alemana y judía, en un pueblo del estado de Nueva York. Poco antes de la adolescencia se queda sola, comienza a trabajar en un hotel, se casa con un maltratador y cuando ocurre lo inevitable, ella y su hijo le abandonan. La tercera parte es paja, trocitos de paja largos. El final es tosco e incomprensible. El epílogo, un diálogo epistolar. Rebecca, que así se llama, es una mujer angustiada que se esconde durante toda su vida. Muchas de sus pajas mentales, porque así hay que llamarlas, son acertijos indescifrables. Me he perdido en muchos de sus pensamientos y en la mayoría de sus reacciones. Leer así es frustrante.

Todo esto me lleva a la temida pregunta sin respuesta: ¿mi falta de comprensión es porque carezco de empatía para entender a un personaje complejo o por el contrario es la autora la incapaz a la hora de abrir el corazón de su personaje al lector para que empatice y se identifique? Como siempre, no obtendré respuesta. Lo único positivo es que al menos me he hecho alguna pregunta. Pero eso también es frustrante, así que adiós, Joyce Carol Oates.

 

Las flores de la guerra de Geling Yan

Las flores de la guerra  Utilizaré el nombre de Nanjing, en pinjin, porque es así como aparece en la novela, pero nosotros solemos referirnos a la ciudad como Nankín (igual que decimos Pekín y no Beijing). Así como Pekín significa “capital del norte”, Nanjing se traduce como “capital del sur”. Y efectivamente lo fue durante varios siglos. En el mes de diciembre de 1937 el ejército imperial japonés entró en Nanjing y arrasó con todo. Asesinó a sangre fría a millares de soldados chinos después de que se rindieran, cometió violaciones, incendió propiedades y asesinó a civiles indiscriminadamente. Al menos así lo aseguraron los testigos que presenciaron muchas de estas barbaridades. Dependiendo de quien cuente la historia, si Japón o China, las cifras y el tipo de víctimas varían mucho. De hecho, la matanza de Nanjing, además de ciertas islas en disputa últimamente, sigue siendo motivo de fricción entre los dos países.

Las flores de la guerra transcurre en la parroquia Santa María Magdalena de Nanjing, donde el padre Engelmann cuida y educa a trece estudiantes chinas. Cuando los japoneses invaden la ciudad, la parroquia empieza a llenarse de gente no deseada, soldados japoneses que buscan a soldados chinos y un grupo de prostitutas que acuden allí a buscar refugio. El padre Engelmann tiene la obligación moral de proteger a sus pupilas ante todo pero su misión atraviesa el momento más difícil cuando el ejército imperial japonés pretende ejercer su macabro derecho de pernada.

En un escenario tan poco objetivo como el de 1937 en Nanjing es difícil que la autora intentara los grises con los soldados japoneses. Son monstruos, el mal encarnado, inhumanos, desdibujados. Ese negro contrasta con el blanco de los protagonistas: el padre Engelmann, la egoísta Shujuan, la prostituta Zhao Yumo, Fabio, el teniente Dai… Pese a las historias que llevan a sus espaldas, las partes mejor escritas y más emocionantes de la novela, todos se convierten en víctimas sin mácula.

No quiero que se me entienda mal. Respeto el deseo de la autora de escribir la novela como le dé la gana. Y no cuestiono en ningún momento los hechos históricos. Es solo que me sorprende la falta de grises, tanto en unos como en otros, y más en una guerra. Me resulta difícil de creer. Pero por otro lado pienso que es solo una historia entre un millón y no la de la humanidad completa. A veces la conciencia es un incordio.