Si esto es un hombre de Primo Levi

Si esto es un hombre  La primera vez que leí el relato de lo que le ocurrió a Primo Levi en Auschwitz no me di cuenta. Era el primer testimonio que leía de un superviviente de un campo de concentración y mi interés estribaba más en conocer los hechos que en percibir el tono en el que estaba escrito. La segunda vez ha sido distinto. El tono racional está por encima de todo lo demás, si es que algo así es posible cuando se trata de lo que los seres humanos somos capaces de hacernos unos a otros. Pero supongo que, en cierto modo, todo se asimila y pasa a formar parte de la costra. Esta vez el apéndice que Primo Levi añadió años después me ha resultado mucho más esclarecedor que el hambre, la crueldad, el frío y los zuecos de madera.

A la pregunta de por qué en Si esto es un hombre no hay odio, ni rencor ni deseos de venganza, Levi contesta que se considera un hombre racional y que le resulta difícil odiar a unos perseguidores que “no tenían rostro ni nombre”, que “estaban alejados, eran invisibles, inaccesibles”. Y añade un poco después:

Debo confesar que ante ciertos rostros no nuevos, ante ciertas viejas mentiras, ante ciertas figuras en busca de respetabilidad, ante ciertas indulgencias, ciertas complicidades, la tentación de odiar nace en mí, y hasta con alguna violencia: pero yo no soy fascista, creo en la razón y en la discusión como supremos instrumentos de progreso, y por ello antepongo la justicia al odio. Por esta misma razón, para escribir este libro he usado el lenguaje mesurado y sobrio del testigo, no el lamentoso lenguaje de la víctima ni el iracundo lenguaje del vengador: pensé que mi palabra resultaría tanto más creíble cuanto más objetiva y menos apasionada fuese; sólo así el testigo en un juicio cumple su función, que es la de preparar el terreno para el juez. Los jueces sois vosotros.

Las páginas de mi libro están amarillas ahora. La primera vez no lo estaban. Me pregunto cómo estarán en las siguientes. La primera vez me emocioné con el sonido de los cuerpos que caían de las literas y el de las cucharas rebañando las escudillas. Esta vez lo he hecho con la conclusión:

Y finalmente quizás haya desempeñado un papel también la voluntad, que conservé tenazmente, de reconocer siempre, aun en los días más negros, tanto en mis camaradas como en mí mismo, a hombres y no a cosas, sustrayéndome de esa manera a aquella total humillación y desmoralización que condujo a muchos al naufragio espiritual.

 

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