Diarios 1984-1989 de Sándor Márai

  Pocas muertes de escritores me han afectado tanto como la de Sándor Márai. Él se pegó un tiro en San Diego en el año 1989, pero para mí lo hizo en la primavera del año 2009, cuando leí estos diarios. Después estuve varios días pensando en el porqué. Sí, ya sé que dicen que es inútil tratar de racionalizar un suicidio, pero esa no era mi intención. Indignada, yo quería saber cómo habían dejado tan solo a un hombre tan sabio. Como nadie, ni siquiera su hijo adoptivo, se había acercado más a él. Eximí de toda culpa al suicida. Lo que yo pensara en aquellos momentos no tenía sentido porque quizá habría muerto de otras causas años más tarde, y aunque no lo hubiera hecho, ¿qué podría haber hecho yo con once, treinta o cuarenta años?

La última entrada de estos diarios tristes dice lo siguiente:

Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora.

Hasta el último momento el lenguaje de la guerra que tanto le marcó y hasta el último instante, las dudas. Lo repito como un loro, así que es posible que ya lo haya dicho antes: para mí Sándor Márai representa la sabiduría hecha palabra. No he leído a otro autor que me haya hecho asentir tanto con la cabeza como Sándor Márai. Por eso su soledad me conmovió tanto. Si yo hubiera vivido en California en aquella época, quizá me habría acercado a llevarle pasteles o una sopa de pollo. Quizá habríamos hablado, él con su acento húngaro, yo con mis erres marcadas. Quizá…

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