El lector de Julio Verne de Almudena Grandes

  Me lo regalaron. Creo que no lo habría leído de no ser así. No porque Almudena Grandes no sea una buena escritora (lo desconozco), sino porque la guerra civil española es una herida de más de setenta años que muchos se empeñan en no dejar cicatrizar y leer novelas sobre ella es como retirar tiras de piel podrida.

El lector de Julio Verne no transcurre durante la guerra civil, sino en la posguerra, pero como indica el subtítulo de “episodios de una guerra interminable”, para los perdedores la lucha duró cuarenta años. El protagonista, Nino, es el hijo de un guardia civil que trabaja en la sierra de Jaén. Como es pequeño y quizá no dé la talla para ser como su padre, éste decide que para labrarse un futuro quizá lo mejor sea que aprenda a escribir a máquina. La profesora elegida es una de los perdedores, una mujer con una biblioteca enorme de la que Nino se beneficia todo lo que puede. Y así, no solo disfruta de las aventuras creadas por Julio Verne, también descubre la verdad que yace bajo la tensa e interminable situación que se vive en su pueblo.

A mí no me molesta la sutil aunque evidente simpatía de la autora hacia uno de los bandos. Tampoco los blancos, los negros ni los grises disfrazados. Una novela no tiene por qué ser ecuánime, ni justa, ni verdadera. Ni ser científica aunque trate sobre historia. Es, primero lo que el autor quiere que sea y después lo que el lector interpreta. Y así está bien.

Lo que sí me ha disgustado es la forma en la que está escrita. El narrador, Nino, empieza contando su encuentro con Pepe el Portugués (el personaje más interesante de toda la historia) con nueve años. Pero habla y piensa como un adulto. En realidad, no es así del todo pero tiene un truco que no acaba de gustarme. Me explico. Se supone que Nino, ya adulto, le está contando la historia a la escritora. Por eso el lenguaje elaborado no sorprende. Pero sí pierde el sentido cuando el Nino adulto explica cómo se sentía el Nino niño, algo inverosímil y extremo. Con esa edad, por muy maduro que sea un niño, es imposible que haya perdido toda la confusión y que todo lo perciba con la claridad de un abuelo.

Antes he dicho que el autor puede hacer con su novela lo que quiera, faltaría más, pero esta incongruencia me ha despistado tanto que la historia, que para muchos puede ser emotiva, a mí me ha dejado indiferente. Porque no me la creo. Porque el hecho de que Nino no hable con sus palabras de entonces me hace pensar que alguien adulto ha manipulado la historia, que me han engañado. Al fin y al cabo, el lector siempre interpreta.

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