Jazz de Toni Morrison

  Tenía que hacerlo de modo cutre porque no tenía otro modo. Todas las portadas que han salido en este blog son de libros míos, fotografiados por mí, pero este lo presté y no lo he vuelto a ver. Leí Jazz con quince años. Lo compré en Círculo de Lectores porque me encantan las historias de afroamericanos y porque Morrison acababa de ganar el Nobel. La verdad es que no entendí todo lo que la novela quería transmitir pero sí lo esencial: la infidelidad de un hombre maduro con una niña de dieciocho años y la rabia de la mujer que ha compartido toda su vida con él. Y la carta de amor más hermosa que he leído:

 Que te he amado únicamente a ti, que he entregado todo mi ser atolondrado a ti y a nadie más. Que quiero que tú también me ames y me lo demuestres. Que amo la forma en que me abrazas, lo cerca de ti que me dejas estar. Me gustan tus dedos que se mueven y vuelven a moverse, levantando, volviendo, revolviendo. He mirado tu cara durante muchísimo tiempo, y echaba de menos tus ojos cuando te alejabas de mí. Hablarte y escuchar tu respuesta: ahí está el cosquilleo del placer.

Pero esto yo no puedo decirlo en voz alta; no puedo contarle a nadie que llevo esperándolo toda mi vida y que haber sido elegida para esperar es precisamente la razón de que me haya sido posible esperar tanto. Si fuera capaz te lo diría. Diría que me creases, que me recreases. Eres libre de hacerlo y yo soy libre de permitírtelo porque mira, mira. Mira donde están tus manos. Ahora.

El primer amor siempre sale mal porque si no no sería el primero sino el único. A mí se me hinchaba el pecho de orgullo cada vez que le veía. Lloraba. Tenía la piel color chocolate y las venas de las manos hinchadas. Él era un tío, que no un hombre, y yo una niña en patines. Resbalé y me estampé contra un muro. Pero antes de eso leía esta carta todas las noches soñando con que algún día se la enseñaría. Sin embargo, jamás lo hice.

Pero ya he hablado de un tal querubín aquí y lo último que conté fue que después de leer Cuerpos y Almas le presté Jazz. La gran mayoría de las ocasiones en las que alguien te presta un libro lo hace porque quiere transmitirte algo, porque quiere entregarte un pedazo de su alma, de su yo íntimo que queda entre el libro, tú y él. Por eso, no leerlo es un desprecio pero no devolverlo es un acto de egoísmo. Porque no solo te ningunea sino que se queda lo que sientes para él. Y tú lo pierdes para siempre. Y cuando un día te pregunta que si lo que pasa es que ya no le quieres, te acuerdas de Jazz, de ese “que te he amado únicamente a ti” y, aunque no lo dices, piensas que jamás te ha correspondido, que se lo entregaste todo y se lo quedó y ahora te pide que le des más sin recibir nada a cambio. Y no puedes.

Diez años después, sigue sin entenderlo. Y yo sigo esperando.

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