Diario de Hélène Berr

Si esto ocurriera, si estas líneas son leídas, se verá claro que esperaba mi destino; no que lo haya aceptado de antemano, porque no sé hasta qué punto puede llegar mi resistencia física y moral bajo el peso de la realidad, sino que me lo esperaba.

Y quizá el que lea estas líneas tendrá también una conmoción en este momento preciso, como siempre he tenido yo leyendo en un autor muerto hace mucho tiempo una alusión a su muerte.

Así escribe Hélène Berr tras analizar el poema Esta mano viva de John Keats en su diario. Corre el año 1943 en la Francia ocupada por los nazis, lo que implica que la señorita Berr, de 20 años y de origen judío, debe llevar la insignia amarilla, no puede viajar en ciertos vagones de metro y tiene prohibido presentarse a una oposición. Es licenciada en Inglés por la Sorbona y tiene un título de enseñanza superior de lengua y literatura inglesas que no le sirve para nada. Su frustración es evidente:

Hoy he pensado en el metro: ¿mucha gente se dará cuenta de lo que habrá sido tener 20 años en este horrible tormento, la edad en que estás preparada para recibir la belleza de la vida, en que estás dispuesta a confiar en los humanos? ¿Se dará cuenta del mérito (lo digo sin vergüenza, porque soy perfectamente consciente de lo que soy), del mérito que habrá tenido conservar un juicio imparcial y una dulzura de corazón a través de esta pesadilla? Creo que nosotros estamos un poco más cerca de la virtud que muchos otros.

Al principio, en el 42, sus reflexiones son algo superficiales. Tiene novio pero está empezando a enamorarse de Jean Moriawecki, al que dedicará muchas páginas de su diario en una especie de diálogo en el tiempo. Su padre es detenido y enviado al campo de Drancy, y cuando lo liberan, Hélène enmudece un año. A su regreso algo ha cambiado. Ya no cree que si los otros comprendieran todo el asunto se solucionaría. Ahora tiene dudas. A medida que las deportaciones aumentan, ese odio que siempre ha querido evitar también lo hace. Poco a poco, sus reflexiones dan paso a simples testimonios de lo que ocurre, como si sintiera que su tiempo se acaba. Las últimas palabras que aparecen en el diario son las famosas: ¡Horror! ¡Horror! ¡Horror!

A Hélène Berr la detienen junto a sus padres en marzo de 1944. A su padre lo envenena un médico en Monowitz en septiembre. Su madre muere en la cámara de gas un mes después. Ella es evacuada de Auschwitz a Bergen-Belsen y muere de tifus unos días antes de que los ingleses liberen el campo. Su resistencia física la ayudó, de la moral no sabemos nada. Tal y como vaticinó, sus palabras causan conmoción en quien las lee, pero no solo por el augurio de su muerte, sino por su acierto:

Tenía una necesidad absoluta de contarle a alguien El osito Winnie. Cuando he empezado he visto que no le interesaba a nadie. Y he continuado, aun a sabiendas de que forzaba la atención ajena, consciente de que les aburría. He vencido la repugnancia que me producía la sensación de ser aburrida. Pero no comprendía que los demás desprecien El osito Winnie. Es el problema eterno: compartir con alguien mi entusiasmo, para mí no existe alegría si no puedo comunicarla a otro. Ahora estoy privada de todos aquellos con los que podía hacerlo, ante todo Jean.

Querida Hélène, aunque tú no llegaste a saberlo nunca, no estuviste privada de compartir el entusiasmo. Lo hiciste unos cincuenta años después, por siempre y con millones de personas que comprenden. Aunque quizá demasiado tarde…

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