Memorias de una viuda de Joyce Carol Oates

 […] Y durante cuarenta y siete años y veinticinco días estuvimos juntos prácticamente cada día y cada noche hasta la mañana del 11 de febrero de 2008…

…cuando su marido, Ray Smith, falleció en un hospital de Princeton por complicaciones tras haber superado una neumonía grave. Tenía 78 años y todo el mundo lo recuerda como un hombre tranquilo. Así lo cuenta su mujer, la escritora norteamericana Joyce Carol Oates en estas memorias.

Aquel que no haya sufrido una pérdida similar no entenderá estas memorias. Al menos la mitad de ellas. La viudad delira, no duerme, está hasta arriba de psicotrópicos y se hace preguntas que nadie responde. Su insistencia deprime. Su amigo el basilisco, alias “suicidio”, no solo vive en su rabillo del ojo sino que deja su rastro en todas las páginas. Pero de vez en cuando hay destellos literarios. Y poco a poco Oates empieza a recordar su historia de amor. Es entonces cuando el lector se sienta cara a cara con la viuda y la escucha. Ray, Ray, Ray. Su novela inacabada, su jardín, que ella retoma, su trabajo como editor y su pasado religioso. Y no es pena lo que se siente, sino agradecimiento y comprensión. Admiración también por que una escritora con una imagen pública se atreva a desnudarse así.

Y cuando oye el sonido que las tapas producen al cerrarse, el lector piensa: “Vale, Joyce Smith. Has despertado mi curiosidad y quiero saber lo que tu alter ego escritor, Joyce Carol Oates tiene que ofrecer, así que leeré tus novelas”.

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